Saga Bond: Sean Connery (I), por Julián Valle Rivas

agente 007 contra el doctor noReunió Sean Connery, en su sola persona, la catedralicia presencia en pantalla, fagocitaria e hipnotizante, y el alígero declive físico, apabullante y canceroso. Pocos actores positivaron la humanidad pluscuamperfecta entre el encuadre del fotograma, en el orden de Paul Newman, y sublimaron de la juventud a la madurez, sincopando o recortando los veinte o veinticinco años de adultez de su biografía, a la manera de Marlon Brando. Sean Connery pasó de los treinta y cinco a los cincuenta y cinco o sesenta años como el que cruza un pliegue temporal en el que envejece el sujeto de la singularidad y no el espacio que pasa a ocupar. Pero, al contrario que Brando, Connery no reapareció inflado de carnalidad borrascosa y enloquecido de excéntrica decrepitud, sino que lo hizo rutilante de vigor y prodigioso de proyección, con su cabello canoso y raleado hasta la extenuación suplida de pelucas diseñadas por la producción, y su bigotazo o su barba recortada para la divinidad.


    Con las más variopintas profesiones hubo de lidiar Sean Connery durante aquellos duros años previos y posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Llegó a ascender en los pintorescos mundos del culturismo, ganando algún rédito en una categoría del concurso de Mister Universo, y a tocar balón en algún equipo de fútbol menor, labores que emprendió adentrado ya en la veintena, demasiado tarde para soñar con una rentabilidad profesional. Jugando su suerte en la interpretación, una sucesión de papeles en la segunda mitad de los cincuenta, su consolidado porte treintañero y las credenciales firmadas por Terence Young le valieron la confianza de Harry Saltzman y Albert R. Broccoli para encarnar, en el celuloide, al personaje ficcional creado por Ian Fleming: James Bond, el Agente Secreto 007, siempre al servicio de Su Majestad… Y, debido a ello, aquí me tiene, cinéfilo lector.


    «Agente 007 contra el Dr. No» (1962) fue la prueba de fuego de una planificación proyectada a largo plazo, con el escrutinio del escritor todavía pululando por el entorno. Se institucionalizaron, en este filme, las ideas de unos créditos iniciales a la par estrambóticos y sofisticados, un necesario acto introductorio, el disparo de Bond observado a través del cañón de una pistola, el flirteo nunca consumado con Moneypenny y el tema principal, compuesto ahora para los créditos iniciales por John Barry. El famoso Q y sus ingeniosos artilugios no aparecerían hasta el siguiente largometraje. En esta primera, bastó con la imposición, por parte de M, de la Walther PPK.


    Portaba algún que otro título a sus espaldas, cuando a Terence Young se le encargó la dirección de la película, guionizada por Richard Maibaum, Johanna Harwood y Berkely Mather, que narra la misión de James Bond en Jamaica para investigar las muertes de un agente especial allí destinado y de su secretaria. Tras las habituales indagaciones en las cuales pone en riesgo su vida, los placenteros escarceos amorosos con la chica que lo seduce para traicionarlo, la feroz lucha a zapatazo limpio con una repelente y peligrosa tarántula, el rebuscado dispositivo delator sesentero del pelo de la cabeza pegado con saliva en las juntas de las puertas, la ejecución del secuaz de turno y conocer a Felix Leiter, agente de la CIA en la misma misión; Bond descubre que todas las pistas señalan a una extraña isla cercana, Crab Key, donde habita el misterioso multimillonario chino Doctor No y las visitas no son bien recibidas. Con Quarrel, un colaborador local, a los remos, arriban en la isla, se encuentran con la joven Honey Ryder (Ursula Andress), una comerciante de conchas, de quien 007 queda prendado, cómo no, al contemplar su salida del agua vestida con un bikini (icónica secuencia repetida y homenajeada en otras películas y en la propia saga), se las arreglan avispadamente para zafarse de los mercenarios paramilitares que protegen la isla para el Doctor y se enfrentan al carro escupe fuego, artimaña de No para espantar a los curiosos de la zona y que, por desgracia, mata a Quarrel. Convertidos en obligados invitados del malísimo Doctor No, éste hace acto de presencia para explicar al agente británico que pertenece a la portentosa organización SPECTRA (Sociedad Permanente Ejecutiva de Contraespionaje, Terrorismo, Rebelión y Aniquilamiento) y su malévolo plan, porque, en verdad, no puede resistirse a contárselo, a que su genio diabólico sea temido y aplaudido. Empleando una industriosa y novedosa máquina nuclear, pretende sabotear naves espaciales en órbita del Proyecto Mercury para causar el caos y dominar al mundo… Ahí es nada. El Agente 007 no puede permitir tamaña fechoría, por lo que, huido de sus vigilantes, se infiltra en la sala de control, obstaculizando la ejecución hasta arruinar el plan, destrozar la máquina, acabar con el Doctor No, salvar a Honey y escapar de la isla en un bote, sorteando el desbarajuste y la confusión generada en el personal del fallecido villano. Sin combustible, la pareja queda a la deriva hasta el rescate por Leiter y los marines. No obstante, Bond soltará la cuerda para disfrutar de un rato de intimidad con Honey.


    Será preocupación de la saga, sobre todo de los primeros títulos, el diseño de producción. No se escatimará recursos e imaginación no sólo en ambientar la acción en las localizaciones más idóneas, idílicas, incluso, sino que se acometerán los interiores con el esmero que cada escena merece, pues no es sencillo diseñar esas salas informáticas, cuasi futuristas, que han de surgir de una organización de la talla de SPECTRA o la multitud de asalariados que precisa para llevar a cabo sus planes. También debe ser loado este apartado por los tradicionales «gadgets» que suman la saga, icónicos para la posteridad.


    «Agente 007 contra el Dr. No» cuenta, además, con una interesante y digna aportación fotográfica y un reparto solvente, que se irá punteando de estrellas a medida que la franquicia vaya adquiriendo renombre. Sí chirría, hasta el repeluzno, la muy desacertada decisión de maquillar a Joseph Wiseman para dotarlo, insatisfactoriamente, de los rasgos chinos del personaje, desechando la opción de contratar a un actor de raza asiática… Eran, en fin, otros tiempos… Y no será la última vez, con idéntico resultado desastroso… Aunque habrá ocasión de narrarlo en una próxima entrega.

Julián Valle Rivas

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