Españoles por el mundo, por Julián Valle Rivas

    Hay que joderse lo felices que son todos los españoles que pululan por el mundo… Y, por extensión, o por especificación, los andaluces, los madrileños, los manchegos, los canarios… y todos los nacionales de las diversas nacionalidades de esta nación de naciones que es España… Prácticamente, tantos como televisiones autonómicas. Y no sólo por el mundo en general, cuidado, también por el mundo en particular, desde lo local a lo continental: por Wyoming, por Estados Unidos, por América; por Helsinki, por Finlandia, por Europa… y demás.
 
 

     Sólo hay que ver la riada de programas que, cuales franquicias del McDonald’s, plagan las televisiones públicas. Allá donde haya un español (o un andaluz, un madrileño, un manchego, un canario), la felicidad es consustancial a la sangre patria y viaja adherida al pasaporte nativo. Cuantísimo gusto y alegría el vivir tan alejados de los límites fronterizos de la tierra de origen; no en plan eutrapélico, sino gusto y alegría de verdad, de las que se sienten hasta en el último rinconcito del alma. Resultando indiferente el lugar y su entorno, desde París a la Cochinchina todo es perfecto, y los españoles (o los andaluces, los madrileños, los manchegos, los canarios) están divinamente, chachi piruli, guay del Paraguay (país suramericano, por cierto, donde es fácil encontrar, faltaría más, algún que otro compatriota encantadísimo de que lo conozcamos por el mundo). ¡Si es que dan ganas de dejarlo todo, mandándolo debidamente a la mierda, y largarse con ellos!

 

     Dónde quedaron aquellos tiempos en los cuales la emigración era el recurso final del español, necesario para conseguir un trabajo que garantizase la supervivencia. Dónde quedaron aquellos españoles (o andaluces, madrileños, manchegos, canarios) cargados de bártulos, despidiéndose de familiares y amigos antes de partir de viaje hacia un destino incierto y sin otro patrimonio que esos bártulos y la esperanza de una vida mejor; sentir utópico, en la mayor parte de los casos, pues las situaciones eran extremas, y la supervivencia, a costa de carencias y miserias, de esfuerzos y humillaciones, de sacrificios y tristezas.
 
 

   

     Pero no —ojo al cambio, a la evolución—, ya no hay españoles que emigren por la necesidad de sobrevivir, por que no hallen en España modo de ganarse las habichuelas. Y si lo hacen para ganarse las habichuelas en el extranjero, todo les va de putísima madre, su prosperidad es infinita, la idílica biografía de sus sueños. Ya no existe joven que se marche al extranjero y desee regresar, que tenga varios empleos infracualificados, que reciba un salario inferior al mínimo, de apenas pervivencia. Ya no es posible descubrir a un español (o un andaluz, un madrileño, un manchego, un canario) pasándolas canutas por el mundo. Nada. Los españoles (o los andaluces, los madrileños, los manchegos, los canarios) están espléndidamente integrados en una sociedad muy superior a la patria, que los ha acogido con los brazos abiertos y palmaditas en la espalda, les ha concedido un puesto de trabajo fijo y un salario medio adecuado al nivel económico de ecosistema receptor. Los españoles (o los andaluces, los madrileños, los manchegos, los canarios) tienen acceso a todos los servicios públicos de la ciudad de acogida y al sistema de salud autóctono (más o menos privatizado); ni imaginarse siquiera que se les conduzca al gregarismo, pues se fomenta la convivencia pacífica y enriquecedora en el núcleo municipal, se promueven los matrimonios con los oriundos y se les participa con una vivienda de superior dignidad, lo que viene a ser, vamos, un chalé en primera línea de playa. Los españoles (o los andaluces, los madrileños, los manchegos, los canarios) por el mundo reniegan de sus ancestros, quienes, por estupidez u obcecación, permanecieron en España (o cualquiera de sus naciones), resignados a su perra suerte, en vez de abandonarla para siempre. Por supuesto que los españoles (o los andaluces, los madrileños, los manchegos, los canarios) por el mundo no volverán ni de coña a España (o a sus naciones), a ese territorio pueblerino, de pandereta y frivolidad, de decepción y desengaño. Y prefieren, todos esos españoles (o andaluces, madrileños, manchegos, canarios) por el mundo, restregarnos al resto de españoles (o andaluces, madrileños, manchegos, canarios) su felicidad, alentados por el periodista de turno que les enchufa un micrófono en los morros y los encuadra con una cámara con patente de corso para mostrarnos los más variados divertimentos con los que pasan la jornada en su país de acogida; dejando caer, muy subliminalmente, lo imbéciles que somos el resto de españoles (o andaluces, madrileños, manchegos, canarios) que no ha salido todavía por el mundo.
 

    Luego está, para los telespectadores propensos al puritanismo o el chovinismo, la versión carpetovetónica del asunto: españoles (o andaluces, madrileños, manchegos, canarios) por España… Porque tanto puede uno presumir de felicidad fuera de esta tierra ingrata como de cualquiera de sus naciones.

Julián Valle Rivas



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