El tonto el patinete, por Julián Valle Rivas

 «¡Pi, pi!», me lanza el hijoputa. «¡Pi, pi!». Desde mi espalda, a traición. Giro la cabeza, mirando por encima de mi hombro, y el pavo me rebasa montado en uno de esos patinetes motorizados que tan de moda se han puesto. «¡Pi, pi!», el muy gilipollas.
 

 Vas por la calle, andando por la acera, cumpliendo con las normas cívicas y de circulación peatonal, tan tranquilo, o no tanto, a lo tuyo, pensando en tus cosas, y ahora resulta que también toca estar pendiente del tonto el patinete, quien transita al margen de toda ley, cual forajido en el salvaje oeste, por acera o calzada, fluctuante, de un lado para otro, en un vaivén constante, luciendo perfil egipcio: un piececito delante del otro, caderas en paralelo, agarre al manillar; muy tieso, firme, enhiesto, cual auriga o césar sobre cuadriga. Y te supera el tío, para continuar su ruta por la acera o la calzada, sin casco, sin coderas, sin rodilleras, sin intermitentes, sin vergüenza. Aprovechándose descaradamente no del vacío legal, sino de la hipócrita permisividad de las autoridades, que interesadamente se desentienden de los principios de generalidad y analogía. Mientras, los ciclistas están obligados a lucir el equipamiento completo y rodar por los carriles habilitados, cuidando que ningún coche los atropelle. No contaminan, te espetan. Bueno, eso dependerá de lo que contamine su fabricación, transporte y degradación, cuando concluya su vida útil, por no teclear en torno a los costes económicos y atmosféricos de la carga de la batería, que el dichoso juguetito no se alimenta de aire.
 

 El caso es que vivimos una era en la que el cerebro digitalizado nos ha chamuscado las neuronas, o las relegamos a un estadio de letargo indefinido, narcotizado por un gotero de adormidera o beneficiado por un legado de narcolepsia. Confundimos la vagancia patológica con los avances tecnológicos, y, antes que andar o darle al pedaleo, está quien prefiere subirse en un aparatito motorizado, en rebeldía, indiferente a cualquier norma reglamentaria, como un apátrida pulula por el mundo, sin nación ni sistema a los que rendir cuentas. Deslizándose de acá para allá, entre viandantes y vehículos, sorteándolos con aplomo y una sonrisilla estúpida dibujada en una de las comisuras de los labios, de listillo, de me pongo el primero, pedazo de pringado, de para qué usar piernas, habiendo patinetes motorizados…, el muy imbécil. Y ahí lo tienes, al tonto el patinete, cruzando calles y avenidas, plazas y parques, bordeando rotondas y aniquilando señales, anárquico y sublimatorio, encantado de moverse por tierra de nadie, en un desértico ostracismo jurídico.
 

 Esa vagancia genética es el pecado y la adicción. No estoy en contra de los avances tecnológicos ni de la innovación: el ser humano es una especie en evolución permanente, en todos sus aspectos, incluido el intelectual (aunque a veces lo dude, con razón, claro). De lo que estoy en contra es de esa evolución que manda al paro a cientos de miles de personas; de esa evolución que, como hizo la crisis pasada y volverá a hacer la próxima, echará a perder al menos a un par de generaciones de estudiantes, pues, pese al acuerdo general de que tal evolución acarreará la necesidad de nuevas categorías profesionales (atesoradas para los pocos que tengan la suerte de poder acceder al mercado laboral, por supuesto), las Universidades siguen sin ofrecer las asignaturas especializadas para ubicar al personal; de esa evolución que nos apoltrona y nos descarga la energía, afiliándonos a la holgazanería; de esa evolución que no conducirá a un mayor espacio para el ocio, sino que agilizará las actividades, obligándonos a realizar más actividades a lo largo del día, incrementando, entonces, el estrés; de esa evolución, en definitiva, que, paradojas de la vida, demolerá nuestra condición humana. Nos adentramos por voluntad propia en una fase de autoliquidación de la especie, de su naturaleza, cuyos resultados no pueden preverse con exactitud, sólo barruntarse alrededor a una variedad diferente, la cual partirá desde la convivencia, durante un prudente periodo, como el neandertal y el sapiens.
 

 Volviendo al tonto el patinete, rara es la mañana que no me topo con dos figuras que, vestidos con idéntico uniforme de faena, tiran kilómetros en sus patinetes gemelos, más felices que mil perdices, de camino al curro. También con un joven trajeado, con el portafolios colgado descansando a la altura del riñón, raudo hacia su destino matinal. Todos se creen los amos del circuito, porque lo son. Espero que los municipios se decidan pronto a aplicarles las normas, para aplacar su chulería y tontería, no para fomentarlas, como hacen algunos ediles con los viandantes pegados al móvil, procurando evitar que algún coche los deje sin cobertura a perpetuidad, o les gestione una portabilidad a la línea celestial. Pero esta raza humana, la del tonto el móvil, me la reservo para otra ocasión.

Julián Valle Rivas

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