Cuentos verídicos “El Barrio de Los Olivos”, por Juan Priego
En el amplio baúl de mis recuerdos tengo una imagen, que guardo rodeada de la nebulosa propia del largo tiempo que desde entonces ha transcurrido, pero reforzada por la fuerte impresión que debió suponer para un pequeñajo de tres a cuatro años su llegada a Córdoba.
Nuestra familia tenía una historia parecida a otras muchas de la posguerra y mis padres trataban de formar un hogar como tantas otras familias ferroviarias en una apartada barriada cordobesa, que la gente conocía como Los Olivos Borrachos.
Llegábamos desde un pueblecito de Granada y nos bajábamos en la pequeña estación de Cercadillas en Córdoba, de la mano de mis padres, oriundos de Aguilar de la Frontera, Rafael y Francisca y siempre acompañados de mi abuela materna y con mi hermanito, un año más pequeño que yo.
Debí sentirme a gusto integrándome inmediatamente en ese apartado barrio con muchísimos críos, puesto qué, de donde venía solamente había tenido la compañía de mi abuela, mi hermanito y mis padres. Esto fue posible gracias a qué, junto a mi casa, a la derecha según salías, estaba la escuela de María con un enjambre de niños y niñas, donde cada tarde aprendíamos la tabla de multiplicar cantando.
Estas canciones y los juegos que organizábamos en el patio es lo que más recuerdo de aquellos primeros tiempos y de que mi madre tendía a diario en la Azotea las sábanas que mi hermanito mojaba por las noches, que se veían desde el cole y servían para martirizar a Pepillo.
Cierto día que mi madre tuvo que acudir a la escuela por algo relacionado con mi hermano, ella para disculparlo por alguna travesura dijo a María, la maestra, en presencia de otros niños: ¡es que mi Pepillo es muy chinche!
Esta expresión que al parecer traía mi madre de Granada, le valió a mi hermano el apodo de Chinche y por ende a mí del hermano del Chinche y a veces del Chinche grande, puesto que en el barrio que estaba integrado por gente que venía de los pueblos, se mantenía bastante el uso de los Motes.
Una anécdota simpática para recordar es que cierto día en que el Pepillo había hecho una travesura de las suyas, mi madre lo persiguió hasta la cama y cogiendo los pantalones cortos que estaban por allí, empezó a darle con ellos en la cabeza de éste, que gritaba como loco y mi madre le decía:
Niño que te estoy dando solo con los pantalones y Pepillo llorando respondía: ¡Si mamaíta, pero es que tengo los trompos en los bolsillos!
Las calles del barrio eran de gruesos guijarros y rudimentarias aceras y cierto día que jugábamos en la calle con el vecino Rafalín, mi abuela María, que vivía con nosotros y siempre estaba pendiente sobre todo de Pepillo que era travieso como ninguno, nos avisaba que tuviéramos cuidado porque había muchos “chinos” en el suelo. Rafalín que tenía mucha gracia le respondía con guasa: ¡Abuela que no son chinos ni japoneses, que son pedruscos!
He aquí un escrito que hice en el 2004 en recuerdo a esa escuela o “Miga” como también se decía y a donde
había que llevarse la silla, así como de otras que había en el Barrio:
Escuelas de Los Olivos
Repartidas por sus calles desde el camino a la vía
varias escuelas había que intentaré recordar
para todas las edades la educación se impartía
que el barrio de los Olivos era también cultural.
En González Aurioles estaba la de María
era también guardería muy famosa en el lugar,
con un patio muy frondoso que muchas flores tenían
donde pronto se aprendía cantando a multiplicar.
Qué maestra tan señora y qué carácter tenía,
te atendía a cualquier hora con mucha sabiduría
y era Emilio su marido la persona más discreta
que siempre iba subido muy serio en su bicicleta
también su hija Isabel, en confección una experta,
daba clases de coser en las horas de la siesta.
Justo al lado de la Iglesia, en la calle del camino
los colegios de Falange masculino y femenino
no mezclaban los dos sexos por evitar la ocasión
de que las niñas y niños tuvieran la tentación
que la Iglesia reprimía con su dura religión.
En la calle Juan de Ávila una figura se agranda
que por temas de política habían tenido encerrado
el Campeón, el abuelo de mi buen amigo Aranda
siguió siendo profesor en cuanto fue liberado.
Desde su Gamba de Oro lo recuerda Manuel Parra
que cuando era pequeño a aquella escuela acudía
allí aprendía a escribir y también caligrafía
y hoy tiene buen restaurante con mariscos en su barra.
También el señor Navarro en la calle La Austriada
era profesor muy serio y su clase es recordada.
Y en Mariano de Cavia, como se nos va a olvidar
al bueno del señor Reche, profesor particular
su hija mayor Maruchi y la menor era Emilia
que hace poco falleció y consternó a su familia.
La calle Fuente Obejuna tenía las del gobierno
y en sus aulas tiritabas con el frío del invierno
a su maestro don Poli después de estar jubilado
le dieron un homenaje que aun hoy es recordado.
Y muy cerca de mi casa en la esquina con la vía,
pero en la acera de enfrente de la escuela de María,
Luís López daba clases en aquella gran cocina
enseñándonos el Álgebra con su dura disciplina.
En calle Fuente Obejuna estaba el señor Ocaña
a quién alguno recuerda por sus capones con saña
por seguir aquel refrán que en tiempos se comentaba
que se aprendía mejor, la letra que a sangre entraba.
Como ustedes ven amigos, historias por recordar
del Barrio de los Olivos, quedan miles por contar.
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Juan Priego
julio 2025
