Si fuera socialista, por Julián Valle Rivas

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Si fuera socialista, que no lo soy, ni maldita la falta… Ni socialista, ni popular, ni morado, ni naranja, ni nada. Y no por desinterés hacia la política, la cual, como todo en esta vida, es necesaria, sino por desinterés hacia el elenco de pésimos actores que han estragado un noble servicio público, transformándolo en una pantomima diaria de portadas de prensa y sumarios informativos, empezando por hacer del arte una profesión de sesgo vitalicio y terminando por esputarnos, con inquina judaizante, el viejo aforismo de que, en esta vida, igualmente, tiene que haber de todo.

 Tecleaba que, si fuera socialista, en ese simulacro de redención democrática, al que ellos se refirieron con la expresión elecciones primarias, entre la socarrona petulancia sevillana y la grosera arrogancia matritense, hubiera votado a la moderada armonía vizcaína. Desde luego, el carácter epatante no lucía como destacable virtud en el vizcaíno; sin embargo, mi incorregible defensa del justo medio aristotélico o, más probablemente, mi debilidad hacia las causas perdidas (relevante corolario de ser un perdedor) me habrían llevado a brindar el voto al candidato en cuestión. Candidato, tecleado sea, ofrendado por la Regencia (o Comisión Gestora) en un patético intento por refrenar la furia, el rencor y el espíritu vengativo que, progres y demás memeces aparte, son tan nuestros, tan patrios. Tan idiosincrásicos (decimonónicamente idiosincrásicos) como el golpe de mano con el cual, propulsados por el agobio, el miedo, la excitación, la impaciencia y, por supuesto, el resentimiento, tuvieron a bien derrocar al matritense, a quien la arrogancia no restaba legitimidad y razón.

 Puesto que, resultando obvio lo de la legitimidad, no le faltaba razón al matritense. Aquel «no es no», que algunos comenzaron a tildar de berroqueñamente zaragozano, sólo fue el compendio básico de una realidad contra la que nadie pareció reaccionar, un efecto ante las indecentes manifestaciones provocadas por quienes hicieron del arte un latrocinio repugnante. Aquel «no es no» fue un puñetazo en las conciencias, una responsabilidad civil solidaria que nadie estuvo dispuesto a asumir. El país, paralizado por un adictivo concurso consistente en comprobar quién meaba más lejos o quién la tenía más grande (la meada, no), ahora no recuerdo, había pasado de la expectación a la impaciencia, y la postura del matritense, unida a una ojeriza de párpados abiertos y largas pestañas, hicieron el resto, mientras el coruñés dormitaba, muy gallarda y tranquilamente en su sillón presidencial. El cainismo se impuso, las cabezas rodaron, salvándose aquéllos que, columbrando el desastre, cambiaron de chaqueta a tiempo.
 Si fuera socialista, hubiera votado al vizcaíno, pues la pareja candidata excedente había avivado en el proceso un factor maniqueo inconsciente, tremebundo y desgarrador. Si fuera socialista, hubiera votado al vizcaíno, primero, porque cualquier necesario cambio, frente al rutinario arraigo del hábito, exige de un proceso, archienemigo de la radicalidad; segundo, porque el culpable de la debacle electoral socialista no fue el matritense. La Historia nos demuestra que, para lo bueno o lo malo, el cambio es evolución, un proceso medido y generacional, imperceptible a la cotidianeidad. La ruptura violenta, agresiva, desestabiliza las estructuras, degenera en caos, un descontrol difícilmente sostenible, e imposible de sofocar y asentar. Por su parte, los calamitosos desenlaces electorales socialistas son producto de la pérdida de credibilidad y confianza que sufre la socialdemocracia, al menos, en Europa. La distinción entre los movimientos socialdemócratas y democristianos, en los últimos tiempos, se ha convertido en una finísima línea, la cual tiende a difuminarse por momentos. No hay o apenas hay diferencia entre unos y otros. Aquella socialdemocracia que tantos logros introdujo, que tanto sirvió a la construcción europea, ha desaparecido entre la opacidad nebulosa formada por una vampírica plutocracia, por una sinarquía endiabladamente tentadora, que ha pervertido su ética, aflojando sus principios, cual nudo de corbata, y desinflando su coraje, como un niño travieso desinfla las ruedas de la bicicleta de su compañero de clase.
 Las propuestas de la sevillana suponían la continuidad de esa socialdemocracia etérea, ya invisible al común de los ciudadanos. Las del matritense pretendían restituir en la socialdemocracia aquellos preceptos fundacionales, hoy añorados, esquivando la fagocitación de las nuevas corrientes izquierdistas. Las de la sevillana se comprometían a la estabilidad y tranquilidad de lo conocido, pese al sometimiento hacia una oligarquía sinárquica o plutocrática. Las del matritense, a una quiebra rebelde del sistema, con las secuelas que ello atraería.

 Si fuera socialista, hubiera votado al vizcaíno. Aunque sus propuestas, lógicas y coherentes, se habían formulado con apariencia sosa y mojigata, cándida con respecto a los extremos marcados por los otros dos: divertidos, maniqueos, cainitas, españoles. La militancia socialista, aun conocedora de la entelequia, de la naturaleza utópica del justo medio del acuerdo entre tendencias partidistas, ha otorgado la victoria a la razón, humillando a la lógica. Las consecuencias podremos sufrirlas todos.


Julián Valle Rivas