Christie, por Julián Valle Rivas

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Es la escritora cuyo mayor número de obras he leído. Echando un vistazo rápido a mi biblioteca, me aproximo a los setenta títulos, entre los cuales se encuentran las cuarenta novelas y el puñado de relatos protagonizados por el gran detective belga (no francés) Hercule Poirot.

 

El año que está a punto de concluir comenzó siendo el cuadragésimo aniversario del fallecimiento de Agatha Christie, que murió el 12 de enero de 1976. Casualmente, durante el año anterior, se conmemoró el centésimo vigésimo quinto de su nacimiento. Por   tierras   británicas,   el   acontecimiento   se   celebró   como correspondía:   museos temáticos, visitas y  guías  literarias,  simposios, adaptaciones   televisivas…  Lo  que se debe hacer   para  evocar,  festejar   y ensalzar   la figura de   la novelista   más vendida  y traducida,   nombrada   Gran   Maestra   por   la  Asociación   de   Escritores   de   Misterio   y Comendadora de la Orden del Imperio Británico por su reina; para celebrar que en 2013 su obra El asesinato de Roger Ackroyd fue votada como la mejor novela de crimen de todos los tiempos. Y es que Christie tuvo la suerte de nacer en el Reino Unido. En cambio,   otros,   como   Cervantes,   nacieron   en   España,   por   lo   que   el   pasado   año (cuadringentésimo aniversario de la publicación de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha) y el que finaliza (ídem de su fallecimiento) no han merecido (salvo algún acto aislado organizado por la siempre solemne Real Academia de la Lengua o por entidades culturales locales de escasa repercusión nacional) más que una chapucera e infame pantomima, bochornosa e insolente, en el Congreso de los Diputados, ante el careto   pasmado   de   la   pandilla   que   ocupaba   los   escaños.   Ridícula   y   cateta.   Marca España.


Pero tecleaba sobre Agatha Christie. Hija de un agente de bolsa estadounidense de clase alta, pronto aprendió a leer y escribir, iniciando su idilio con los libros, que devoraba con avidez. Tuvo sus pinitos en la escritura con los relatos y el teatro, se casó con el aviador Archibald Christie, fue enfermera y voluntaria en la Cruz Roja durante la Primera Guerra  Mundial, donde tomó contacto con la farmacología y las sustancias tóxicas (conocimientos utilísimos como material para sus historias) y cuando publicó su primera novela, El misterioso caso de Styles, en 1920, presentando al inmortal Hercule Poirot. Sin embargo, no sería hasta la publicación en 1926 de  El asesinato de Roger Ackroyd cuando obtuvo su primer éxito, catapultando su carrera literaria. Precisamente, cual paradoja de sus tramas policíacas, en diciembre de aquel año, Christie desapareció durante once días; suceso que tuvo enorme repercusión en su época. Jamás se supo la causa, ni la verdad en torno a su paradero. Malas lenguas hablaron de venganza contra las continuas infidelidades de su esposo. La cuestión es que Christie se divorció de él en 1928 y, pese a seguir recurriendo al nombre para la firma de sus obras, volvió a contraer matrimonio en 1930 con el arqueólogo  Max Mallowan (otra clara influencia para su narrativa). Durante la Segunda Guerra Mundial, reinició su actividad farmacológica y llegaron algunas de sus célebres publicaciones:  Diez negritos,  Maldad bajo el sol  o Cinco cerditos. Por aquel  entonces también  escribió las   últimas novelas  de sus  dos personajes estrella: Hercule Poirot y Jane Marple (Miss Marple).  Telón  y  Un crimen dormido  nacieron   con   el   deseo   de   la   autora   de   que   no   vieran   la   luz   hasta   su fallecimiento. Así ocurrió con el último caso de Jane Marple:  Un crimen dormido  se publicó en octubre de 1976. Por el contrario, Telón, el último caso de Poirot, apareció en septiembre de 1975.


Sin duda, admiro a Hercule Poirot. Está entre mis cinco personajes literarios favoritos, a la altura de Athos, pero por delante de Sherlock Holmes, D’Artagnan y Diego Alatriste. Las historias policíacas del detective belga (no francés) amenizaron mi adolescencia y acompañaron mi incorporación a la madurez. Siempre me fascinaron tanto sus actitudes y aptitudes como su método de deducción, consistente en recopilar información   mediante   minuciosa   investigación   y,   a   partir   de   ahí,   reconstruir imaginariamente el asesinato situando mentalmente al autor de los hechos. Después, venía   la  sorpresa,  pues  el  idiota  del  asesino  confesaba  con altivez,   cuando,   por  lo general, Poirot solía carecer de prueba de cargo contundente.


Aunque, quizá por su repercusión cinematográfica (notabilísima aportación de Sidney   Lumet   en   1974,   con   una   impresionante   caracterización   de  Albert   Finney), Asesinato en el Orient Express (1934) sea la novela popular de la colección Poirot, la mejor es El asesinato de Roger Ackroyd (Los relojes —1963— también es buena). En cuanto a las interpretaciones, anotado el paréntesis, creo que Peter Ustinov no supo transmitir la esencia de Hercule Poirot. Ahora bien, el trabajo de David Suchet para las trece temporadas de la serie de televisión Agatha Christie: Poirot (1989-2013), con su flema, su pose, su expresión, el movimiento de sus manos, las manifestaciones de la personalidad y  los  principios del personaje y esa  profunda, penetrante y arrolladora mirada (¡vaya primeros planos!), convierte al actor británico en el más digno Hercule Poirot que Agatha Christie hubiera podido imaginar.

Julián Valle Rivas