LA VIDA A TRAVÉS DEL MÓVIL, por Julián Valle Rivas

E-mail Imprimir PDF
Usar puntuación: / 8
MaloBueno 

Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba. La correspondencia, uno de los siete principios del hermetismo, está patente más que nunca en nuestra sociedad. O eso parece, a la vista del personal que pulula por la calle con la cabeza siempre agachada, como humillado. Pero, al contrario que la enseñanza recogida en El Kybalion, no se observan las maravillas y los secretos de la tierra para buscar su reflejo y respuesta en el cielo. No. El personal inclina la cabeza ante el poder dominador del teléfono móvil.

El móvil, suerte de deidad que procesionamos ininterrumpidamente, se ha convertido en una prolongación de nuestro cuerpo. Cada día, las innovaciones incorporadas, los avances tecnológicos en telecomunicaciones lo transforman en un instrumento más funcional. No sólo podemos comunicarnos inmediatamente, tanto de forma oral como escrita, el móvil nos permite realizar compras y operaciones bancarias, consultar el correo, actualizarnos con la noticias del mundo, leer libros, ver películas o televisión, buscar toda la información disponible en la red, escribir textos, compilar archivos, jugar, apostar, reservar mesa en un restaurante o habitación en un hotel, o un billete de tren o de avión… Las múltiples y variadas aplicaciones nos facilitan desde retocar una foto, hasta invertir en bolsa; desde encontrar pareja en un radio de un kilómetro, hasta aparcamiento en cien metros; desde pagar sin tarjeta o efectivo, hasta cerrar y firmar contratos; desde cebar nuestro voyerismo, mientras comprobamos las cámaras de vigilancia que hemos instalado, hasta capturar, gracias a ellas, la imagen o la palabra precisa para deshacernos de ese trabajador que nos resulta un incordio; desde solicitar cita en el médico, hasta hacerlo en la Agencia Tributaria. Desde la cama, desde el autobús o desde la tumbona de una playa paradisíaca, el móvil nos mantiene comprometidos con el trabajo, con los amigos y con las obligaciones cívicas. Todo en un plis plas, a un ligero toque de pantalla, todo rápidamente, sin apreciar que esa instantaneidad nos conduce a concebir el tiempo cada vez más expansivamente. Que en un minuto somos capaces de realizar varias actividades y, cual adicción insaciable, codiciamos duplicarlas o quintuplicarlas, experimentando la relatividad promulgada por Einstein como si no existiera límite. Sin embargo, frente a las cualidades de la magnitud física, la ambición de multiplicar quehaceres en idéntico periodo de tiempo, acelera nuestro ritmo de vida. Caemos en la ansiedad y el estrés, siendo la velocidad tan desproporcionada que el único modo de detenernos es chocando contra un muro. Después, tocará soportar las heridas.
    

La vida a través del móvil nos impide afrontar la realidad tal y como es, puesto que la filtramos, recurriendo a los objetivos, chips, procesadores y sistemas operativos de los dichosos aparatos, y ya sólo entendemos como cierta aquella realidad que nos brindan los píxeles de su cámara y su pantalla. Menospreciamos nuestra memoria y nuestro sentido visual, lo que de humano tenemos, para abandonarnos a la dependencia hacia una máquina.
    

Cualquier acontecimiento, bueno o malo (la visita a un museo, la asistencia a un concierto, un accidente, una cena con amigos, una puesta de sol…), lo presenciamos a través del móvil; esto es, sacamos el móvil y hacemos fotos o grabamos vídeos como si la cordura nos fuera en ello, y, en lugar de contemplar el hecho enfocando directamente nuestra visión sobre el mismo, recurrimos a la intermediación del artefacto. Asistimos a la escena no por nosotros per se, sino por la imagen que capta nuestro teléfono. Vivimos sin vivir, pues, en verdad, contemplamos postales o películas. Una realidad destilada, o sea, por un utensilio que nació con vocación de ir encogiendo, aunque ahora lo preferimos agrandado, a fin de reparar con mejor nitidez en los perfiles obtenidos por su cámara. Vivimos derramando por el camino la oportunidad de conservar admirables tesoros en nuestra memoria, aquellos procedentes de una experiencia pura, plena, abarcadora de todos los sentidos concentrados en un único empeño: que la última célula de nuestro cuerpo disfrute de la emoción del momento. Emociones y sentimientos a flor de piel. Emociones y sentimientos acendrados, completándonos como personas, como humanos. Porque la vida a través del móvil aniquila la íntegra funcionalidad de los sentidos, mitigando la experiencia, empobreciendo nuestra condición natural como especie… ¿Y para qué? ¿Para la difusión por redes sociales? ¿Para la eliminación, cuando se llene la memoria del teléfono, indicador del colmo de nuestra propia memoria?
    

Los estultos fanáticos de la tecnología vaticinan una nueva humanidad, bajo los auspicios de una informática mucho más práctica, la cual facilitará nuestra vida habilitando una diversidad de acciones sin movernos del lugar. Yo afirmo que, sin desdeñar los puestos de trabajo que se perderán, cuando la informática conquiste nuestra cotidianeidad, la humanidad desaparecerá. Pero esto bien puede ser materia diferida a un próximo artículo.


Julián Valle Rivas