Guerra, paciencia, enigma, paradoja, por Julián Valle Rivas

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Cuando tecleo estas líneas, acaba de estallar la guerra civil en el PSOE: diecisiete miembros de su Ejecutiva (héroes, para unos; traidores, para otros) han dimitido. Con cainismo hispano, los socialistas rebelados contra Pedro Sánchez lo han ninguneado y vilipendiado para encumbrar a Susana Díaz (conspiradora en la sombra). Siendo honestos, Sánchez ha cometido el pecado de cumplir (¿a rajatabla y con entusiasta entrega?, sí) las órdenes de su Comité Federal («no es no»). Verbales y condicionales, vale; pero, si la alternativa se ceñía a abstención o pacto (en sus diversas variables), repeliendo la mierda, ningún crítico reclamaba palmariamente el cambio en la estrategia. Hágase cargo de la dura y compleja encrucijada en la que se ha hallado Sánchez.


De los históricos aconteceres que se vayan sucediendo, darán buena cuenta los medios de comunicación. Yo prefiero contener el ímpetu de la inmediatez informativa y retrotraerme con una reflexión de naturaleza general e introductoria.
   

Celebradas las elecciones del 26 de junio, la parálisis gubernativa, con la agonía del gobierno en funciones, se produce no tanto porque el PSOE se muestre adverso a un gobierno del PP como porque se muestre adverso a un gobierno de Mariano Rajoy. Hasta que se ha jiñado (el PSOE) con las terceras elecciones, claro… En el ínterin, sabedor de que cada convocatoria electoral ampliará su ventaja, a Rajoy ni se le ocurre convertirse en el Arturo Mas estatal, le sobra con aguardar paciente. Este atasco en el Ejecutivo se salva con un pacto de dos años, tiempo necesario para el descanso del electorado. Sin embargo, los partidos, todos, aun conscientes de que ese acuerdo es imprescindible, continúan divirtiéndose lo suyo con pantomimas, pataletas y encastillamientos caricaturescos o picarescos. Y cobrando.

En la política, la mentira va con el oficio: prometer algo y hacer lo inverso… Puede que sea producto de las circunstancias: prometer es fácil, gobernar, no. Aunque también podríamos aferrarnos a la creencia de que el personal, cuyo careto encontramos hasta en la sopa, junto al séquito acompañante, es gente preparada para afrontar el asunto, lo inesperado, y adaptar los planes a fin de lograr los efectos deseados. O para prever lo imprevisible… O podríamos asumir de una vez por todas que tal creencia es absurda.
   

En ese pasatiempo de mentiras que es la política, estafa cubierta con la tintura de la pose de prensa, Podemos es un enigma. Una incógnita difícil de resolver, porque, descolocándonos, su posición ideológica ha evolucionado desde el marxismo más obsoleto a la socialdemocracia más bonachona del zapaterismo. Y ha sido una evolución de libro, desarrollándose a lo largo de sus distintos estadios. El enigma Podemos se antoja una infame estrategia para alcanzar el poder, y, alcanzado éste, como fieles acólitos del chavismo, volver a sus orígenes. El enigma Podemos, en consecuencia, busca el poder prescindiendo de principios ideológicos estables y adoptando una propaganda ideológica acomodable a los fluctuantes sentimientos de los votantes. Con el objetivo de conseguir ese poder, el enigma Podemos es capaz de escupir agresivos discursos, moderar tono y formas, abrazar a viejos enemigos, callarse, pasando desapercibido (como en los últimos meses), o armar trifulcas tuiteras (de inconcusas mentirijillas, residuo de la evolución e imán para los incautos de cada estadio); pues el enigma Podemos aspira al poder no convenciendo, sino aprovechando la indignación, el desencanto o la ilusión de los votantes, y, para ello, cualquier chaqueta es buena.
   

En cambio, Ciudadanos es una paradoja. Un partido contrario a la lógica. Bastaría con remontarnos a las elecciones del pasado 20 de diciembre; en concreto, a una semana antes de la fecha, justo tras el puente. Hasta entonces, Ciudadanos era un partido ganador; con amplias expectativas de gobierno, y no únicamente de palabra o por estadística. De hecho, era oposición en Cataluña y pudo sostener las presidencias de Madrid y Andalucía. De discurso moderado, claro, seguro, Ciudadanos era, como tecleo, un partido de gobierno, para gobernar o quedarse a las puertas de hacerlo. Pero, llegado el puente constitucional de 2015, el discurso cambió, de consuno con la actitud de sus líderes… De perdedores. Se tornó un discurso de perdedores. Su afán decayó. Se volvió conformista. Conformista con asumir su rol de tercer partido, de la comodidad del margen, sin más complicaciones que aguardar la llamada del turno que se alternara en el poder, resignado a un bipartidismo en el cual la sociedad ya no confiaba. Hasta claudicar con aquellos pactos de gobierno o de investidura, inanes sainetes guiñolescos. De perdedores, por ende. Y un discurso de perdedores no puede entusiasmar ni atraer a la masa de votantes, tan sólo desanimarla y acomplejarla. Un discurso de perdedores no puede conducir a otra opción que no sea la derrota.
   

A riesgo de apostar por el criterio del electorado, las reducciones en los escaños obtenidos por Podemos y Ciudadanos en las elecciones de junio, respecto de la anterior, no son secuelas de alianzas, ineficacias, tácticas o desdichos. Son el resultado de la resolución del enigma y del asombro ante la paradoja.


Julián Valle Rivas