LA EXCUSA PERFECTA, por Julián Valle Rivas

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La crisis golpeó duro, en su época. Haciendo memoria, cuando España todavía estaba   en   la   Champions   League   de   la   economía   internacional   —según   criterio   de Jefatura del Gobierno—, el mundo se iba al carajo. El planeta entero se iba de vareta, más   bien,   aquejado   de   cólicos   hipotecarios,   pérdidas   diarreicas   inmobiliarias,   que consumían   multinacionales,   empresas   grandes,   medianas   y   pequeñas,   expulsando empleados por la puerta trasera, fruto de la incontinencia intestinal severa, consecuencia de la maldita enfermedad.

Porque era una enfermedad, en el fondo; de esas que vesvenir, pero desprecias, excusado en un carpe diem engañoso o deshonesto, tratando de burlar  el   destino   que  tú  mismo   habías   forjado,   a   base   de   golpear,  pum,   pum,   con perseverada infamia, el equilibrio natural de las cosas. Y era una enfermedad, además, de   naturaleza   vírica,   que   contagió   rápidamente   todos   los   sectores   y   estratos   (la economía   es   una   cadena,   cuyo   primer   y   último   eslabón   terminan   entrelazados), arruinando, desahuciando y matando —sí— a cientos de miles de personas, las cuales perdieron trabajo, hogar, patrimonio, sueños de bienestar y prosperidad. Generaciones enteras   sucumbieron   al   delirio   de   la   adictiva   riqueza,   la   desmedida   avaricia   y   la impúdica inmoralidad; condenando a las posteriores, a varias de ellas, al ostracismo económico, a la triste emigración y a la derrota anticipada, puesto que jamás podrían —ni podrán— aspirar a meta distinta que la de la mera supervivencia diaria. Y gracias.

Aunque exagero, con lo del ámbito planetario. Donde no hay, nada se pierde. Lo de   la   crisis   causó   estragos   en   las   zonas   de   opulencia.   El   «Tercer   mundo»   tal   vez profundizara en su miseria, si es que era posible hundirse en infraniveles de mierda. Quiero decir que este mundo ya vivía en la crisis. Y, al contrario de lo que pudiera parecer   —hecho   curioso   que   sorprendió   a   muchos—,   siguió   viviendo   y   muriendo, olvidado,  violado  por  el  expolio  y  la   ruindad  de  quienes  cogieron,  recogieron   y  se largaron  sin   mirar   atrás,   a   placer.   Algo   así,   salvando   distancias,   y   no   criterios   de desfachatez, que ésta no discrimina razas o naciones, sucedió en las zonas de opulencia.

Empezaron a desear sin mesura. La codicia y la falsa creencia de la igualdad entre todos los seres humanos, y demás pánfilos panfletos de la ONU, prendió la sobrevalorización y   la   construcción   de   un   mundo   idílico,   donde   nadie   era   menos   que   nadie,   donde cualquiera aspiraba a renunciar a los límites de propiedad y de clase. La burbuja se infló, con arrogancia, egoísmo, envidia, sórdida ansia de insatisfacción de lo material. Se infló y se infló,  hasta que explotó, esparciendo su fracaso y  el descrédito de su hinchamiento.

Lo que ocurrió fue que el repulsivo contenido burbujero no salpicó por igual. La élite plutocrática, enriquecida por el choteo hipotecario, preponderante en el gobierno por   su   condición   acaudalada,   halló   la   fórmula   para   multiplicar   aquella   riqueza:   la reducción de los costes de producción. En su estado, la élite ricachona, podía haberse conformado con ganar dos en lugar de cinco (no dejaba de ser ganancia), repartiendo los inferiores beneficios, sin acudir al despido del personal. En cambio, prefirió mantener su calidad de vida, continuar ganando cinco: despidos masivos, drásticos recortes de salarios, ampliación de la jornada, precariedad contractual,  marginación  de derechos sociales y laborales, mano de obra cuasi esclava. Ganancia de cinco que se elevó a ocho, cuando aquella cadena alcanzó a la pequeña y mediana empresa y a los autónomos. Destruida la competencia de los barrios, el día a día del consumo, se conformaron los oligopolios   y   juguetearon   con   los   márgenes   de   las   materias   primas,   ahogando   y acallando, de paso, a los productores.

Hoy, la crisis desprende un obsceno tufo. Acomodada a multiplicar su riqueza, la crisis   es   la   excusa   perfecta   para   conservar   los   miserables   salarios,   las   jornadas interminables,   la   contratación   denigrante,   la   expatriación   de   los   derechos.   Y ya   se encarga la plutocracia, que ampara a toda la élite de ricachones,  de salvaguardar el concepto en la conciencia general a través del miedo. Pequeños amagos de caída en los mercados, pataditas con efecto a las primas de riesgo, dudas en las valorizaciones del petróleo… Y discursos políticos catastrofistas, que turban la opinión pública, recelando de la superación de la crisis, mientras asustan con la venida del hombre del saco, del coco, del  lobo, del «Brexit» o de Merkel;  mientras recuerdan lo  mal que lo  hemos pasado el resto de ciudadanos (no ellos).

Temores de unos y  otros que inundan los medios   de   información   y   redes   sociales,   conteniendo   las   esperanzas   y   las reivindicaciones. Se sirve, con ello, a los escamosos ricachones, quienes convencen con este método de la resignación laboral y del silencio frente a cualquier exigencia que les obligue a reducir sus indecentes beneficios. Disponen de un fiel instrumento: un político pusilánime, aterrorizado ante la pérdida del sillón fabricado al molde de su culo por una plutocracia que aguarda impaciente el estallido de la burbuja de la deuda.

Julián Valle Rivas