Matar a Prim, por Julián Valle Rivas

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Es una noche de invierno fría. Los primeros copos de nieve destacan con un brillo tenue en torno a la débil luz de las farolas matritenses. Rondan las siete y media del martes 27 de diciembre de 1870, cuando don Juan Prim y Prats, Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Guerra, accede a la calle del Turco (Marqués de Cubas, hoy) como pasajero en un coche de caballos, acompañado de su ayudante, Nandín, y del jefe de su guardia personal, coronel Moya. Se dirige hacia su residencia en el palacio de Buenavista, sede del Ministerio de Guerra. De improviso, el coche se topa con otros dos cruzados en mitad de la calle. El cochero frena en seco, temiéndose lo peor.

El Presidente ha recibido serias amenazas de muerte ese día, pero, hombre asaeteado con multitud de ellas constantemente, tampoco es aquélla novedad destacable. Ha impuesto la designación de Amadeo de Saboya como Rey de España, no sin antes desplazar a un segundo plano al almirante Topete y reducir al general Serrano a la figura de un Regente decorativo. El otrora triunvirato se ha quebrado, imponiéndose el de Reus. El duque de Montpensier, quien ha estado aguardando paciente la Corona de las Españas, se ha convertido, sin duda, en el mayor perjudicado por la orden presidencial; sin desmerecer la política arancelaria y los rumores de la venta de Cuba a Estados Unidos. El caso es que tarde o temprano alguna de aquellas amenazas superaría la palabrería para materializarse en un atentado con visos de conspiración magnicida. Y así los ven aparecer. El conductor, procurando domar los caballos, y los ocupantes, a través de los cristales de las ventanillas. Es cuestión de unos segundos. Tres hombres, embozados bajo la penumbra del lugar y armados con carabinas —o trabucos, según las fuentes—, disparan hacia la berlina, hasta introducir un cañón en el interior. Culminada la agresión, con la reacción del cochero se logra romper el cerco y huir de la emboscada. A Nandín le queda inutilizada una mano. El Presidente, pese a los destrozos en los dedos de la mano derecha y en el hombro izquierdo, marcando su recorrido con un reguero de sangre, alcanza sus aposentos por su propio pie. Prim fallecerá a los tres días, el 30 de diciembre de 1870, coincidiendo con la llegada de Amadeo a España. El nuevo Rey no podrá hacer más que presentar sus respetos a un cadáver.
  

Pasados los efluvios semestrales del bicentenario del nacimiento del conde de Reus (6 de diciembre de 1814), hasta aquí la Historia. Lo demás son especulaciones. La versión oficial implica al duque de Montpensier, con la connivencia de Serrano, partidario del anterior, y la dirección ejecutiva del acaudalado político republicano jerezano José Paúl y Angulo. Además, la muerte del Presidente se certificó como una infección de las heridas provocada por los restos de tejido alojados en su cuerpo.
 

Rozando el siglo y medio del crimen, se montó la feria, claro, cuando, la víspera del ducentésimo aniversario, la autopsia a la momia presidencial reveló la hipótesis del estrangulamiento, al hallar unos sospechosos surcos en el cuello, arrojando la teoría de que los conspiradores, ante la palpable posibilidad de la supervivencia de Prim, remataran la faena, aprovechando su debilidad, y la libertad de movimiento por las estancias.
 

La realidad del asunto es que, gracias a La Gloriosa y a Prim, España se dotó de una de las constituciones más liberales y vanguardistas de Europa: la Constitución de 1869. Y sí, tal vez la elección de monarca no fuera la acertada, pues no era el de Aosta modelo de virtudes intelectuales —aun contando con su voracidad lectora de novelas pornográficas francesas—, ni sabía jota de español ni de España; pero no era sencillo dar con el candidato adecuado a una constitución como la de 1869, en la cual el Rey reinaba sin gobernar.

Si de matar a Prim se trataba, intrigas al margen, jamás fue motivación el interés general, de España. La salvaguarda de la patria nunca estuvo entre las prioridades de los conjurados. Las causas fueron las de siempre en este país: fanatismo, ambición, envidia, cainismo. Vileza. Y egoísmo. La falta de lealtad cuando sólo se persigue lo mejor para el particular. La indiferencia hacia la comunidad y hacia el futuro.
 

Y podría considerarse, sin perspectiva de error, que Juan Prim y Prats fuera un poco de todo esto. Porque era español. Aunque aquí radica el quid. Prim era un catalán que, como tantos otros catalanes, vascos, gallegos, castellanos, andaluces o canarios a lo largo de nuestra historia, amaba su tierra entendida como parte de un todo que trascendía ese sentimiento sin colapsarlo, anquilosarlo o anularlo. Sintiéndose catalán al tiempo que español. Lo cual permite rebajar el grado, incrementar la confianza.


Julián Valle Rivas