Con vaselina, por Julián Valle Rivas

Jueves, 30 de Abril de 2015 22:03 Opinión - Colaboradores
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Pues va Adecco y realiza una encuesta a la que concede el agradable título de Encuesta sobre Profesiones Felices —ojo que es ya la cuarta—. Entonces, tan destacable acontecimiento sirve a El País para publicar en marzo, en uno de sus suplementos, el artículo «Es posible ser feliz aunque odies tu trabajo». Tal cual, en afirmativa. Aseveración rotunda. Nada de cuestionarse la cosa en plan dilema sociológico.

 El caso es que llevo dándole vueltas al susodicho, porque manda huevos. La putada y el caradura —o la caradura, no quiero discriminar— responsable de la salida a la luz de tal canallada, y en edición nacional.
 

Empezamos con el hecho de que Adecco concluye que «en España, ocho de cada 10 trabajadores son felices en su trabajo». Lo cual ya me parte de la risa. A saber dónde han hecho la encuesta mis paisanos. Si se refiere a la España de este plano dimensional, la del paro, con trabajos por desesperación, temporales, precarios, sin derechos laborales y sueldos de mierda por debajo del salario mínimo. Si ese ocho no es una errata, queriendo decir en realidad tres, cuatro o, generosamente, cinco. Si se refiere a los trabajadores españoles que residen en España o a los españoles que se han visto obligados a emigrar. Pero, no contenta con esto, remata la encuesta señalando que el colectivo profesional más feliz con su trabajo es el de los deportistas: 98,9%. No jodas… ¡Los deportistas!
    

A continuación, viene la aportación periodística: «¿Eres de los que no está en esa lista? ¿No te gusta tu trabajo? ¿Ni tu jefe? ¿No te reconocen tus méritos? ¿Consideras que te pagan poco para la función que desempeñas? ¿No hay forma de hacer nada sin que te controlen hasta la última coma que pones? Y, en todos estos casos, te preguntas: ¿Se puede ser feliz cuando no soporto el trabajo?». Ni Sócrates, oiga, con su irónico método. Se curan en salud, eso sí: «… no está probado que exista ninguna fórmula mágica instantánea que de la noche a la mañana convierta tu trabajo en el mejor del mundo…». Aunque no se permiten la rendición, y comienzan a tirar de terceros. Parten con la académica psiquiatría de Luis Rojas Marcos —«… es conveniente diversificar las fuentes que nutren nuestra dicha para contar con una base de apoyo cuando se nos hunde una faceta gratificante de la vida»—, para seguir con las declaraciones de una directiva de Adecco que antes presidía el Instituto de la Felicidad de Coca-Cola. Ahí es nada. Que de esto de la felicidad, recargada de azúcar y cafeína, sabe tela, o sea. «En términos generales —asegura— suele haber responsabilidad por ambas partes: del trabajador y de la empresa». Cierto, creo; sin embargo, asumida la responsabilidad por el trabajador podrá deberse a que no haya encontrado otra alternativa laboral, o cobre una miseria, o dé más horas que un esclavo; si asumida por la empresa, ¿qué ocurriría cuando el empresario es un cabronazo al trato y compensa con un horario flexible, un salario fenomenal y unos descansos propios de docentes?… La ecuación no termina de cuadrarme. Acude, pues, la entrevistada al rescate: «“Las personas no nos solemos ir de las empresas sino de los jefes. Estos tienen una incidencia enorme en cómo te sientes […]. Odiaba ese trabajo”, recuerda. En esas, le tocó atender la cuenta de McDonald’s (aumentaba la complejidad) y pensó: “Tengo que encontrar algo que me guste de este trabajo o va a ser un infierno. Me obligué a pensar qué era: tratar con gente, solucionar problemas, empatizar… Y así encontré ese lado que me hizo vibrar y trabajar en positivo. Ese ejercicio lo tenía que hacer yo. Una vez hecho se convierte en un arma muy poderosa”». Ahora más claro. Ya. Muy simple.
  

Luego, mientras medito si se están choteando del suscribiente —y demás lectores— por la cara, aparece el cierre de una autora y especialista en marca personal —que no sé qué demonios significa esto—, cuyo desperdicio resultaría intolerable. Entre las lindezas, «si sientes que no te reconocen los méritos», busca una actividad alternativa en la cual puedas aportar y recibir. Y la mejor: «si sientes que te pagan poco por lo que haces… “… busca un trabajo extra…”». Con dos cojones… ¡Trabajemos las veinticuatro horas!… ¡A la mierda el descanso y la vida personal!… ¿No sería más rentable para el país —me pregunto— ganar lo adecuado, reservando ese trabajo extra para un parado?
 

Sobrecoge comprobar lo rastrero de insultar la inteligencia con tamaños artículos. Lo despreciable de desear vendernos la resignación de una vida laboral decadente y miserable, propia de tiempos pretéritos, como estado natural del empleo. O metérnosla por el culo ayudados de vaselina.


Julián Valle Rivas