Colaboradores

El Caballero de la Mancha, por Julián Valle Rivas

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Yo, señores míos, soy caballero andante, cuyo ejercicio
es el de las armas, y cuya profesión, la de favorecer a
los necesitados de favor y acudir a los menesterosos…
 
Miguel de Cervantes, El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, cap. XXVII


Se celebra el cuadringentésimo aniversario de la publicación de El ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, segunda parte de El Quijote, que completa la magna obra de las Letras Hispánicas. Una magnitud que se alcanzó desde la aparición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, pero, en un período en el que la fama la daba la poesía y el dinero, el teatro, don Miguel de Cervantes, siempre «… más versado en desdichas que en versos», no obtuvo la gracia en los géneros donde se desenvolvía la lírica. La novela se consideraba un género menor, alejado de la belleza armónica de la rima, incapaz de imponerse todavía a una categoría que venía cultivándose desde hacía siglos, cuya estructura facilitaba, además, la memorización: medio eficaz de transmisión.

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¿TODAVÍA PODRÁN?, por Julián Valle Rivas

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Ahora sí que es cuestión de planteárselo seriamente. Lo de sí se puede o no se puede, digo. Ya que, en España, el ejemplo griego ha sido, al tiempo, un palo para los aspirantes, un toque de atención para los esperanzados, una nota a pie de página para los escépticos y un premio gordo para los pancistas que alternan en el poder. También lo advertimos en los menesterosos que han buscado el amparo en los gobiernos de nuevo cuño. Que no es tan fácil como se prevé, o que lo difícil es enfrentarse a la realidad, a la existencia de una oligarquía manipuladora de una democracia títere. Que hablar es más fácil que gobernar.

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EL TONTO EL INTERNET, por Julián Valle Rivas

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Es conocido refrán castellano aquél que dice que, cuando un tonto coge un camino, el camino se acaba, pero el tonto sigue ahí. Yo, frente a tales menesteres, y sin desmerecer la calidad del tonto berroqueño, enrocado en la mismidad de su tontería, soy más partidario de parafrasear al Eclesiastés, llegando a la conclusión de que el número de imbéciles que pululan por este mundo es incontable. Basta con echar un vistazo a las consecuencias de Internet. Las ventajas son extraordinarias, cuidado; aunque por ello haya que pagar el pertinente precio. ¿Merece la pena?

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EL CÓNSUL JUSTO, por Julián Valle Rivas

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En julio se ha conmemorado el cuadragésimo quinto aniversario del fallecimiento de un hombre justo. Sebastián de Romero Radigales murió en 1970 en Madrid, a los ochenta y seis años, y fue un diplomático español cuya labor le valió el título póstumo de Justo entre las Naciones, concedido en 2014. Distinción otorgada a aquellas personas que, no siendo de ascendencia o confesión judía, ayudaron a los judíos durante el Holocausto.

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Dos abuelos, por Julián Valle Rivas

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La tarde invita a ello. La primavera se muestra en todo su esplendor, con un radiante sol que se abre paso por entre las hojas de los árboles del paseo, balanceadas con benevolencia por una suave brisa que templa la temprana canícula. Bajo su sombra, calada por los puntos de luz, la tarde se torna amena, acompasada por el pulular de los conciudadanos y la actividad de la chiquillería en la extensión del entorno.

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Matar a Prim, por Julián Valle Rivas

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Es una noche de invierno fría. Los primeros copos de nieve destacan con un brillo tenue en torno a la débil luz de las farolas matritenses. Rondan las siete y media del martes 27 de diciembre de 1870, cuando don Juan Prim y Prats, Presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Guerra, accede a la calle del Turco (Marqués de Cubas, hoy) como pasajero en un coche de caballos, acompañado de su ayudante, Nandín, y del jefe de su guardia personal, coronel Moya. Se dirige hacia su residencia en el palacio de Buenavista, sede del Ministerio de Guerra. De improviso, el coche se topa con otros dos cruzados en mitad de la calle. El cochero frena en seco, temiéndose lo peor.

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Con vaselina, por Julián Valle Rivas

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Pues va Adecco y realiza una encuesta a la que concede el agradable título de Encuesta sobre Profesiones Felices —ojo que es ya la cuarta—. Entonces, tan destacable acontecimiento sirve a El País para publicar en marzo, en uno de sus suplementos, el artículo «Es posible ser feliz aunque odies tu trabajo». Tal cual, en afirmativa. Aseveración rotunda. Nada de cuestionarse la cosa en plan dilema sociológico.

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Sobre memoria y enseñanza, por Julián Valle Rivas

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Lejos quedó la época en la que los poetas se servían de las estrellas para recordar los versos. Sin disponibilidad de papel o cualquier otro tipo de soporte, la memoria era esencial para la preservación y transmisión del conocimiento. Hoy, todo está a un simple clic de distancia. La más variada e insospechable información está al alcance en Internet. Desde una receta de cocina hasta una teoría física, pasando por noticias, documentales, informes, obras literarias o pictóricas, galerías fotográficas… Tal es el fenómeno que, últimamente, he llegado a escuchar voces que abogan por relegar la memoria a un segundo plano, hasta el punto de poner en duda su necesidad.

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¿PODRÁN?, por Julián Valle Rivas

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He aquí la cuestión. Hace casi tres años escribí para esta casa un artículo intitulado «Batalla perdida». En él me lamentaba de que los movimientos populares surgidos en 2011 se hubieran quedado en el grito de indignación, sin galvanizar en un partido, coalición o agrupación que, concurriendo a unas elecciones, penetrara en el Legislativo, cambiando la legalidad vigente. Y no me quedaba ahí. Profundizaba en la necesidad de obrar con la honestidad de prestar un servicio público, sin influencias ni intereses, de hacer lo que se debía hacer, de hacer lo correcto. De propugnar una serie de principios y valores por encima de todo, con objetividad, y actuar en consecuencia. Después, alcanzado el fin de depurar el sistema de gobierno —que no la forma política—, de haber restituido la credibilidad institucional y la dignidad a una sociedad entendida como conjunto de seres humanos y no de cifras cosificadas con las cuales poder jugar gratuitamente; después, comentaba, tocaría largarse, evitando una perpetuación prescindible.

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Un maestro se jubila, por Julián Valle Rivas

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Cuando un maestro se jubila, acontece en nosotros el extraño enfrentamiento entre la jovial delectación y la amarga aflicción. La lucha, siempre equilibrada en demasía. Tanto que finalmente prevalece una dulce melancolía, hermana ilustre de la complacida condescendencia. Cuando un maestro se jubila, nos queda el consuelo de contar con sus sabios consejos, y la esperanza de poder disfrutar de ellos durante mucho tiempo; porque sus lecciones, en definitiva, permanecerán a disposición eterna.

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