Colaboradores

Cataluña I. Un orate como Presidente, por Julián Valle Rivas

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   Al lector, sin duda ilustrado en los vericuetos del lenguaje, no le descubro el significado del término orate: «persona que ha perdido el juicio» o, coloquialmente, «persona de poco juicio, moderación y prudencia»; según definición del DLE. Aunque, quizá le ahorre un viaje al académico volumen, si le apostillo que el referido vocablo procede del catalán orat. El sustantivo, entonces, me viene que ni pintado… como pintado… vamos, ajustado y medido, muy a propósito.

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No son abuelos, por Julián Valle Rivas

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A nuestros padres.
A mis padres.

 

   No podría atestiguar si todos los días. Es difícil coincidir, el momento se reduce a un segundo arriba o abajo, un pequeño instante marca la probabilidad del encuentro.

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El regreso del pensador, por Julián Valle Rivas

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Pues resulta que está uno aquí, entretenido con sus teclas y sus memeces, ciscándose en su perra suerte y la maldita hora en que lo mirara un tuerto, y aparecen viejos fantasmas del pasado para fastidiarle, todavía más si cabe, la existencia.

 

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La RAE se populariza, por Julián Valle Rivas

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   Jamás pensé que tendría que llegar al extremo de teclear estas líneas. Me siento consternado, sobrecogido, decepcionado, como el infante que se hunde al descubrir el incumplimiento de aquella promesa paterna de disfrutar de un soleado sábado en el parque.

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Ofertas de empleo (y II), por Julián Valle Rivas

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Me había quedado, antes de liarme, yéndome por las ramas, en que no terminaba de comprender todo lo relativo al mercado laboral, siendo paradójico el escenario de las ofertas de empleo, el cual constituye un submundo que cuenta con su gracejo, la verdad.

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Ofertas de empleo (I), por Julián Valle Rivas

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    He de reconocer públicamente mi ignorancia en torno a todo lo referente al mercado laboral. Es un mundo que no comprendo demasiado bien. Quizá por ello resultan infructuosos mis esfuerzos por encontrar un trabajo decente; por grande que sea el empeño puesto, cualesquiera de las opciones se hacen inútiles.

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La vida es fútbol, por Julián Valle Rivas

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   No me empacho con el consumo de televisión. Para el formato en abierto, apenas saboreo un ridículo entremés. Ninguno de los múltiples canales de la TDT me ofrece una programación que me satisfaga o entretenga. No sé, quizá sea demasiado exigente o demasiado soso, un aburrido definitivo.

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Los gilipollas, por Julián Valle Rivas

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    Han sido muchos los articulistas que, con mayor o menor éxito, han tratado de estudiar con carácter sumario el vocablo «tonto», sea en grados de tontuna, sea en clases o categorías de tontos. Por ejemplificar, Juan Manuel de Prada ha recurrido en varias ocasiones a su admirado Leonardo Castellani, quien atendió al porción de conciencia que tenían sobre su cortedad de ingenio: «1) Tonto a secas; esto es, ignorante. 2) Simple; esto es, tonto que se sabe tonto. 3) Necio; esto es, tonto que no se sabe tonto. 4) Fatuo; esto es, tonto que no se sabe tonto y además quiere hacerse el listo. 5) Insensato; esto es, tonto que no se sabe tonto y encima quiere gobernar a otros».
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De filias y cinefilia, por Julián Valle Rivas

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Supongo que contará con idéntico proceso, que las aficiones surgirán de igual manera. Personalísima y homogénea a la par. Un destello que inflama el interés, un detalle que incendia el alma. Tal vez las hayamos estado practicando esporádicamente, como al descuido, por ocupar el tiempo libre, o compartirlo con familia o amigos; y un buen día, sin saber el cómo ni el porqué, no podemos abandonarlas, deseando de que lleguen esos preciados momentos reservados para ellas. Algunas ascenderán a pasiones, necesidades vitales que te descomponen, de no satisfacerlas; otras se quedarán en eso, en filias.

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Contarle a san Pedro, por Julián Valle Rivas

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    Esta tarde acompaño a mi amigo Tito en uno de sus habituales bajones de ánimo. Poco más puedo hacer por él, salvo esto: estar a su lado, que no se encuentre solo. No necesitamos hablar, él no lo necesita; basta con saber que tiene a alguien que se preocupa por él a su flanco. Un amigo que estará ahí para apoyarlo, cuando se tambalee; sostenerlo, cuando se caiga; y arrástralo hacia casa, cuando las fuerzas le falten, el alcohol lo venza o el hartazgo lo desgaste o arruine, dejándolo como un estropajo usado, devastado y abandonado en un rincón de la encimera.

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