Después de Halloween, por Julián Valle Rivas

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    La cenicienta luz del amanecer dominical empujaba los restos de oscuridad abandonados por la noche. Concluía Halloween en la ciudad, fiesta importada —otra más—, victoria evidente —otra más— del colonialismo inglés, que, todavía no suficientemente saciado con la consentida expansión del idioma, va exportando, con desconcertante éxito, poco a poco, sus costumbres y tradiciones, las cuales acaban por arraigarse, gracias a la pérfida sumisión de monaguillos inanes, a quienes les colapsa el cerebro al olisquear la diversión; hasta el punto de que los estudiantes de primaria pueden dedicar un mayor número de horas lectivas a preparar la Noche de Halloween que el Día de la Hispanidad o de la Constitución; porque, claro, la primera es súper sandunguera, con disfraces, pinturitas y sobredosis de glucosa; mientras que la segunda conmemora una deshonesta conquista, seguida por un protervo genocidio; y la tercera, vamos, no deja de ser una norma moldeable al antojo del político de turno.


    Hubo promesas en la ciudad de aglutinar por sus calles en torno a los cuatro centenares de prosélitos, adictos a la comparsa de reanimación brujesca. Sí pareció preocupante aquella suerte de homenaje, a modo de macabro o grotesco juego, de la distopía ficticia en la que, dentro de un periodo de doce horas anuales, todos los crímenes son lícitos; degenerada ceremonia cuyo desagradable tributo, aun apócrifo o simulado, revela una idealización sociológica de alarmante catalogación. La simple propuesta ya se antoja repugnante.


    Con aquella luz grisácea, en fin, los cazadores cargaban aperos y se congregaban en las cafeterías, prestas al servicio de maitines, acompañados de sus inseparables perros. Los ciclistas organizaban el pelotón en los habituales puntos de encuentro. Los comerciantes conducían sus furgonetas hacia los puestos ambulantes. Los capataces recorrían la circunvalación en sus todoterrenos, recogiendo a los jornaleros, hombres y mujeres, inmigrantes cetrinos, resignados a la dura faena, equilibrados con mochilas y bolsas de viandas, garrafas y botellas de agua. Los noctívagos de la jarana sabática se encaminaban hacia sus domicilios, unos tiritones, otros extralimitados, algunos flemáticos ante el inexorable devenir del tiempo; todos cansados. Los amantes, lechuguinos descompuestos por el combate, retornaban al hogar con promesas por cumplir o meros trámites satisfechos.


    Durante aquel amanecer incierto, yo iba a lo mío, afanado en mi rutina de carrera, corriendo —no recorriendo— por un circuito urbano previamente organizado a conciencia, haciéndome a los pejigueros fríos de la alborada. Corría, entonces, a través de la carretera de Cabra (desconozco si el Ayuntamiento le ha adjudicado nombre al tramo) en dirección Ronda de San Francisco. Había sobrepasado el camino del Cementerio, la gasolinera y la calle de acceso al polígono, cuando alcé la vista (para prevenir tropiezos, suelo correr mirando hacia el suelo) y advertí, entre la penumbra irradiada al romper la aurora, la figura de una mujer que caminaba por la acera en sentido contrario. A medida que me aproximaba a ella, pude observar que rondaba los cincuenta, calzaba zapatillas de estar por casa y vestía un abrigo claro bajo el que se descubría un pijama o alguna otra prenda cómoda por el estilo. El atuendo resultaba llamativo: no era, por supuesto, la típica paseante matutina. Al llegar a su altura, la mujer alzó un brazo y llamó mi atención con un oye, chico, que me detuvo al instante. Al pronto, me dio la impresión de que se hallaba inquieta, pero, tras un momento de examen, comprobé que se encontraba en un estadio superior: de angustia sincera y profunda. Parado frente a ella, toda su iniciativa desapareció. Me ojeó de arriba abajo y dudó si continuar con la intención. Imagínese, yo sudaba copiosamente, y me había ataviado con ropa deportiva: camiseta térmica transpirable, calzón corto sobre mallas largas de invierno y zapatillas. «¿Sabes si en el polígono hay una fiesta de Halloween?», me preguntó, decidida, al fin. Ciertamente, yo no había entrado al polígono, así que le respondí que lo ignoraba, disimulando la infructuosa contestación con un gesto de disculpa. La mujer no aguardó un segundo más, y siguió su camino, directa al polígono.


    No es frecuente, rara vez me he cruzado a lo largo del trayecto matinal dominguero con padres transitando por las calles de la ciudad en busca de sus hijos, escudriñando el interior de soportales y zaguanes, circulando con el coche, despacio, entre las paralelas y perpendiculares del plano municipal. Como aquella mujer después de la Noche de Halloween, atemorizados, tal cual se levantaron de la cama y verificaron que el hijo o la hija no había regresado de su salida nocturna, en la hora límite acordada, el móvil quemado de tanto llamar.


    Los jóvenes no siempre son conscientes de los desvelos paternos, de que hay compromisos y responsabilidades a respetar, y afectos que se imponen a la juerga nocturna. Quizá habría que dedicar más horas lectivas a esto, y menos al puto Halloween.


Julián Valle Rivas