Pasante o becaria, por Julián Valle Rivas

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    En realidad, todo es pasantía, aunque el vocablo «becario» ha colonizado el significado, de manera que es becario quien se acomoda al maestro para aprender la práctica del oficio, generalmente, a cambio de nada, pese a que hoy proliferan, con mayor o menor éxito, los contratos de prácticas, que reconocen cuantías irrisorias, en las dos acepciones del lema. El término «pasante» se ha conservado, sin embargo, en el ámbito de la abogacía, mundillo en el cual sí es raro oler contrato y peculio.


    Sea como fuere, pasante o becario, no deja de ser una figura interesante y necesaria de la que se abusa sobremanera: tan abusivo es admitir los servicios del becario sin ofrecerle remuneración alguna, como si esta remuneración es ridícula, inferior al salario mínimo; tan abusivo es aprovechar los buenos servicios del becario, con sus beneficios salariales, como encadenar sucesivos contratos de prácticas, escondiendo tras la imagen del becario a un profesional cualificado; tan abusivo es profesionalizar al becario sin transformarlo nunca en profesional (¡eterno becario!), como lucrarse de la profesionalidad, empleando continuados becarios. Estampa medieval, se torna inmoral en nuestros días, denigrante: toda persona que realiza un trabajo merece una justa remuneración por ello. Lo demás, son bellacas milongas.


    Concluido el liminar, hace un par de meses una joven pasante se me acercó pidiendo consejo. Soy reacio a dar consejos. No me ha ido demasiado bien en la vida, por lo que no me considero autorizado para ello. Como mucho, para advertir al aconsejado de que vaya haciendo lo contrario de lo que le aconseje, le irá mejor. Cuando alguien me ha planteado una situación, buscando mi consejo, siempre me he limitado a analizarla con detalle, porque, a veces, el tener una visión amplia y clara del problema, sobre todo, expuesto por otro, ayuda a decidir. Además, si me he encontrado envuelto en el mismo asunto, o similar, he contado mi experiencia. Ha habido excepciones, por supuesto, en el ámbito literario, de lecturas y escrituras: títulos para leer, bloqueos narrativos, dificultades temáticas… Y, aun en estos casos, me he sentido incómodo, pues ni soy ni me juzgo una eminencia en la escritura: a los hechos y a mi escaso éxito me remito.


    La cuestión es que esa joven pasante me reveló que le habían ofrecido un contrato de prácticas en una procuraduría. Salario miserable, por descontado, cuatrocientos euros, si no recuerdo mal, lo cual era ya cuantía superior a la que recibía como pasante, esto es, cero euros, y sin contrato. Ella ejercía la pasantía en un despacho de abogados local, con un futuro incierto, y se le presentaba el dilema: seguir como pasante, esperanzada en que, pasado el tiempo y demostrada su capacidad y valía, la imprescindibilidad de su labor, el despacho le haría un hueco entre su plantilla; o aceptar el miserable contrato de prácticas sin garantías, igualmente, de prosperidad laboral. Cuadro semejante y diferente al unísono. Ruin, mezquino y obsceno, de cualquier forma.


    Me centré, entonces, en lo tecleado. Por desgracia, avisé, con tantos avances en la comunicación, la silueta del procurador se vislumbra con trazos muy difuminados, al medio y largo plazo. Ojalá, el vaticinio no se realice jamás, pero la inseguridad es palpable. Por otro lado, su posición en el despacho de abogados era ésa, de pasante, en su sentido etimológico, de pasar por allí. Añadí una anécdota personal: cómo, casi un año después de empezar a preparar oposiciones, me llegó una oferta de trabajo en una administración de fincas, que dejé escapar, por concederle la oportunidad a la oposición (dura de cojones), tras pocos meses de estar embarcado en ella; cómo arrasó la posterior crisis, atrapándome en la oposición careciendo de experiencia profesional; cómo, en definitiva, hay que ir día a día y decidir asumiendo los riesgos y las consecuencias, porque, bueno, eso forma parte también la vida. Una vida que, retorcidamente mortificadora por momentos, se vanagloria de conducirnos por caminos tortuosos hasta bifurcaciones de aleatoria naturaleza, imprevisible, que hemos de recorrer con resignación y valentía.


    La joven prefirió, creo, la pasantía. La estimo una decisión desacertada, no por renunciar a la patética escalada patrimonial («algo es algo» suena en la actualidad a conformismo o mansedumbre ignominiosa), sino por hacerlo al triste hecho de la vinculación contractual, la legalización de la relación laboral. En un mercado de trabajo en el cual se especula con la contratación, estraperlo de baja estofa, fluye el dinero negro y se atropellan los derechos de los trabajadores, el elemental e insólito hecho de subscribir un contrato de trabajo deviene en motivo de júbilo y celebración… Aunque, asimismo, he recomendado obrar al contrario de mi consejo.


    Decida lo que decida, a la joven le desearé, invariablemente, lo mejor en su andadura, en ese trayecto cargado de azares, que la vida, escabrosa y malévola, suele brindar con los ojos cerrados.


Julián Valle Rivas