Irresponsabilidad legalizada, por Julián Valle Rivas

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    Hace poco más de un año, ya tecleé en esta casa que, si fuera socialista, hubiera votado al vizcaíno, que, aun sosainas y ateo de cualquier divinidad de sesgo epatante, insípido para los usos y costumbres patrios, imanaría al cuerpo político nacional un justo medio aristotélico muy resuelto y novedoso. Al tiempo, alababa el tesón del matritense, ese honroso «no es no», puñetazo en la idiosincrasia mezquina e hipócrita de una sociedad de dudosa capacidad votadora, si alguna vez tuvo la oportunidad de ejercerla libremente.


    El matritense carecía de la fuerza del aparato del partido, de la sinarquía y de la plutocracia, temerosos de su berroqueña y sediciosa condición, pero no le faltaba razón; y, privado del apoyo de los influyentes, se topó con el de los militantes, que le restituyeron la corona arrebatada en un pronunciamiento velado, sin aparente líder para el nombramiento. Aprendió, entonces, el matritense de aquel coruñés de quien, haciendo gala de su nombre, tanto renegó. Comenzó a practicar la técnica de la ventilación: aquella que propugna como el más efectivo modo de airear las impurezas de la casa el de abrir las ventanas y dejar que la corriente arrastre la corrupción a entornos imprecisos y lejanos. Dejar que la corriente de agua transite por su cauce, asumir como principio que las cosas quedan sometidas a su curso natural, el cual no debe serlo a alteración o injerencia.


    El matritense, cual vampiro camuflado entre las sombras, se manifestaba sólo cuando el sol estaba oculto. Divorciado del peligro de quemaduras, aguardaba mientras los acontecimientos se sucedían naturalmente. Como el coruñés, las vio pasar todas. Las vio pasar todas, quiero teclear, por delante del coruñés, quien, ante tantos trenes como pararon en su estación, se limitó a aplicar su habitual método de esperar a que partieran cuando llegara la hora, rechazando, manos limpias cual Pilatos, la responsabilidad en el tráfico y destino. Y así afrontó el coruñés la última, dejando que pasara de manera natural, dejando que los instigadores se autodestruyeran, volatilizados por su propia vanidad y avaricia, sin reconocer responsabilidad. Con todo, ay, en esa ocasión, la táctica fracasó, el coruñés cayó y se alzó el matritense, nombrando un Consejo de Ministros cuasi tecnocrático, de cara a unas futuribles elecciones.


    Si el coruñés hubiera admitido y aceptado la responsabilidad, los posteriores eventos habrían acaecido de forma bien distinta. Sin embargo, España no es de contemplar responsabilidades. En cualquier país de nuestro entorno, corruptelas al margen, por menos de lo que ha pasado (currículos inflados, multas, cursos no realizados, hurtos leves, nepotismo, másteres falsos…) un político, conservando la poca decencia restante, hubiera dimitido. En España, la tendencia es aguantar, pase lo que pase, aguantar, y esperar a que el aire purifique el ambiente (¡hasta erigirse en presidente del partido!).


    Que el coruñés, por ejemplo, aseverara, también en sede judicial, que desconocía (y por supuesto no ordenó) las triquiñuelas monetarias que se sembraron y cultivaron en el seno de su partido, sería, desde luego, verdad. No obstante, esta ausencia de autoría, complicidad o cooperación necesaria no le eximía de una responsabilidad, de una culpa «in vigilando», de un deber de control y vigilancia sobre sus dirigibles, todos los dependientes de su dirección, todos los demás miembros del partido, como un padre es responsable de las fechorías infantiles de sus hijos y de las felonías varias ajustadas a la edad. Si, siendo presidente de un partido político, el coruñés acude a un mitin en una plaza de toros con más público que un concierto de Justin Bieber, o de cualquier otro músico arrastrador de masas, lo responsable no es dar unas palmaditas en la espalda, plas, plas, y mirar para otro lado; lo responsable es dar esas palmaditas, vale, e interesarse por el proceso que ha conducido al resultado.


    Si eres una esposa con estudios y un trabajo acreditado, por aportar otro ejemplo, declarar que no sabías nada de los tejemanejes de tu marido, porque estabas muy enamorada y confiabas ciegamente en él, se antoja una revelación, al menos, risible o ridícula. Máxime, cuando ostentas un título de alta simbología nacional, lo que implica cierta carga de prudencia y celo.


    Si eres, por concluir con los paradigmas, el cabecilla de un partido que combate el clasismo, adalid de la justicia y la igualdad socio-económicas, comprar un chalé gravado con una hipoteca a privilegiado interés, haciendo gala de ostentación y holgado patrimonio personal, no parece actitud coherente con los predicamentos berreados en los foros y sí retrato de tramoyista infame.


    Y, a pesar de ello, retornando a la dudosa capacidad votadora tecleada al inicio, los ciudadanos legalizan con su voto tan rufianes estilos, legalizan la irresponsabilidad, la defienden como reflejo de una opción de gozosa viabilidad: ese mirar hacia otro lado, y esa náusea por el capitalismo, cuando escasea el dinero; abundando, es la mar de placentero.


Julián Valle Rivas