No son abuelos, por Julián Valle Rivas

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A nuestros padres.
A mis padres.

 

   No podría atestiguar si todos los días. Es difícil coincidir, el momento se reduce a un segundo arriba o abajo, un pequeño instante marca la probabilidad del encuentro.

 

   Durante mis salidas matutinas a correr unos kilómetros por la ciudad, a veces me cruzo con una abuelilla (término empleado de manera afectiva, nunca vejatoria; segunda acepción del DLE), una mujer mayor, septuagenaria con trazas de poder palpar el año octogésimo. Sale de la estación de autobuses por la calle Córdoba, toma Ejido Plaza de Toros y continua por la Ronda de San Francisco. Lo hace con paso lento, afirmado por el apoyo de un bastón empuñado por su diestra, en tanto que, con la siniestra, tira de una pequeña maleta estampada sobre ruedines. Es un complejo cúmulo las sensaciones —van del reconocimiento hasta la consternación— que pugnan por descollar en mi interior, cuando veo a la abuelilla, con su paso calmoso y cadente, avanzar a lo largo de su ruta, el puntal de su bastón y el remolque de su maleta. Desconozco si la ciudad es su lugar de destino o de retorno, si está de ida o de vuelta. Tampoco sé dónde se ubica su meta: el punto más alejado en el cual me he topado con la buena señora es la avenida de la Infancia, y a considerable altura.
    

   Cada ocasión que me encuentro con la abuelilla, entre la alabanza y la piedad, me pregunto por el porqué. Cuál es el motivo. Qué transcendental acontecimiento impulsa a una anciana a tan frecuente ajetreo. Al esfuerzo del madrugón, a las inclemencias meteorológicas, a los rigores del tiempo. Al sacrificio del lance. Será, sin duda, una fuerza mayor, una necesidad ineludible, una obligación indispensable la que estimula su consagración. Me niego a creer en un resumen prosaico de la escena. Calcule usted, simplemente: crudeza de lluvia o viento aparte, es acreditada la bonanzosa temperatura matinal de los meses de verano, lo agradable del paseo crepuscular. No obstante, llegado el invierno, noche cerrada o en vísperas de vislumbrar las primeras luces del amanecer, durante los reservados maitines, la gelidez del clima asaetea la cara y horada el alma. Con temperaturas fluctuando alrededor de los cero grados, sólo una causa superior puede colocar a mi heroína en un trayecto de, al menos, dos kilómetros, bastón en ristre, posesiones bajo arpillera.
  

   El acto, por una infalible asociación de ideas, me invita constantemente a reflexionar acerca de la función actual de las personas mayores. Fue un breve hálito de esperanza el que gozaron a finales del pasado siglo. Una vaga promesa a la cual se aferraron durante unos años. Tradicionalmente, antaño, hasta que el desgaste, la enfermedad o la muerte anulaban sus capacidades, los abuelos resistían al pie del cañón, luchando, trabajando, privados del descanso, renunciantes a toda suerte de disfrute, dedicados en espíritu, fortaleza y salud a la empresa de sobrevivir. Qué remedio quedaba. Los más desafortunados, paralizados por el deterioro o los trastornos, eran condenados a desaparecer entre la miseria de su propia desgracia. Los dichosos, claro, disponían de cama y cuidados.
    

   Pareció revertir la situación, con el advenimiento del último tercio o cuarto del XX. Los abueletes se convirtieron entonces en pensionistas. Se les avaló el descanso y las atenciones hasta el término de sus días, y se les depositó una nómina mensual en pago por sus muchos quehaceres y sus abnegadas contribuciones a la sociedad. Sin embargo, arribó la nueva centuria, y afloró el resultado de la malquerencia de la humanidad, de los abusos y la avaricia, del descontrol y la estafa.
    

   Los abuelos, hogaño, han vuelto a perder esos derechos que, como miel en los labios, únicamente pudieron saborear con el extremo de la lengua. Hoy, han vuelto a asumir cargas, de las cuales se les prometió se hallarían desprendidos. Hoy, los abuelos han de criar a sus nietos, movidos por la fatalidad de la carencia de una verdadera política de conciliación laboral y familiar; han de mantener (techo, vestido y alimento) a sus descendientes, mínimo, hasta el segundo grado, movidos por una crisis aniquiladora, exclusivamente superada para las autoridades gubernativas y jamás existente para plutocracia; han de prolongar a perpetuidad su condición de padres, movidos por un mercado laboral incapaz de colocar a los hijos, quienes, de tal forma, ostentan el impedimento de poder fundar su particular hogar, su familia; han de trabajar, movidos por la perspectiva de una pensión ridícula.
    

   Abuelos que no son abuelos. Abuelos vapuleados por la lenidad y el latrocinio, por la brutalidad de un contexto humillante, unos gobernantes inconsecuentes, una sociedad infame, que ni sabe ni quiere agradecer los méritos ganados, que, mirándose al ombligo, niega el reflejo de su futuro; por un egoísmo que vive el presente, arrasando con cuanto obstáculo se le interpone, exprimiendo cuanto le es provechoso. Mientras los abuelos, generosos, constreñidos por las circunstancias, deben rejuvenecer, recoger el papel de los jóvenes, levantar, otra vez, un país arruinado.


Julián Valle Rivas