La RAE se populariza, por Julián Valle Rivas

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   Jamás pensé que tendría que llegar al extremo de teclear estas líneas. Me siento consternado, sobrecogido, decepcionado, como el infante que se hunde al descubrir el incumplimiento de aquella promesa paterna de disfrutar de un soleado sábado en el parque.


    Y es que la Real Academia Española se doblega ante la vulgaridad y la chabacanería, ante el apocamiento y la flaqueza, ante la comodidad y la desmaña, ante la ignorancia y la ineptitud; se inclina e hinca la rodilla, se postra ante las corrientes de masas borreguiles, enfermas de cretinismo, abonadas a lo políticamente correcto y a la holgazanería del facilismo, aplaudidoras del menudeo de la picaresca y del merodeo de la galbana; haraganes insensatos, sin conciencia ni cultura.


    Aceptar como uso habitual la forma «iros» como imperativo del verbo «ir», conformando una nefasta bicefalia en la conjugación que aniquiló el formidable absolutismo del término «idos», fue la gota que colmó el vaso. Ya había guiñado un par de veces el ojo, a modo de gesto solidario, cuando eliminó la tilde de «guión» (que sigo y seguiré empleando) y la despachó muy chapuceramente de los pronombres demostrativos «éste», «ése» y «aquél», con sus femeninos y plurales, y del adverbio «sólo», arguyendo, cual impostor fraude de ley, que no debían llevar tilde según las reglas generales de acentuación, bien por tratarse de palabras bisílabas llanas terminadas en vocal o en «-s», bien, en el caso de «aquél», por ser aguda y acabar en consonante distinta de «n» o «s». En respuesta a una consulta, la RAE adujo, además, que «ese empleo tradicional de la tilde en el adverbio “solo” y los pronombres demostrativos no cumple el requisito fundamental que justifica el uso de la tilde diacrítica, que es el de oponer palabras tónicas o acentuadas a palabras átonas o inacentuadas formalmente idénticas, ya que tanto “solo” como los demostrativos son siempre palabras tónicas en cualquiera de sus funciones […]. Las posibles ambigüedades pueden resolverse casi siempre por el propio contexto comunicativo […]. Los casos […] raros y rebuscados […] siempre pueden evitarse por otros medios…». Y sanseacabó… o san se acabó.


    Tal vez todo sea una sabia estrategia de la RAE, un sagaz justo medio que acalle las constantes injerencias públicas de aquellos populismos estúpidos que no se cansan de clamar por la desaparición de acepciones en algunos lemas del Diccionario, como «gitano», «judiada» o «madre»; mientras no paran de incorporar extranjerismos perfectamente sustituibles por vocablos españoles, denotando un ignominioso desconocimiento del idioma. El caso es que, en el asunto del «iros», se achacó la propuesta a un sector de los novelistas de la institución, quienes, sugiero, tantearían abreviar su propio trabajo o incrementar las ventas, atrayendo a aquel lector que les ofreciera el halago fácil por ser hablante poco escrupuloso o por tener dificultades para respetar las reglas ortográficas… Puestos a ello, y en aras de la creciente decapitación del masculino neutro, deseo aportar mi granito de arena, e imploro se prescinda, al fin, de la coma para el vocativo, se reconozca el verbo «preveer» (con su consecuente conjugación) y se generalice la escritura «jajaja» (el número de «ja», a discreción), descartando las comas y los espacios preceptivos.


    La lengua está viva, lo sé, y se adapta a las necesidades de sus hablantes. La misión fundamental de la RAE es velar porque los cambios que aquella experimente no fracturen la unidad esencial en el amplio ámbito hispánico. La función de la RAE es notarial, no gubernamental. Recoge lo consolidado en el hablante, aquello que la práctica ha normalizado. Pero ésta es una misión de presente, y la RAE no puede olvidar el pasado y el futuro, aquello que había logrado hasta ahora apenas sin proponérselo: garantizar que el español continúe siendo una lengua inteligible para hablantes y lectores presentes, respecto de los del pasado, y para los futuros, respecto de los del presente y del pasado. Debe asegurarse de que, así como hoy podemos leer y entender las obras de Cervantes, Bécquer o Galdós, los discursos de Ortega y Gasset o Azaña, los hispanohablantes del futuro también puedan hacerlo, simultáneamente con las novelas de Vargas Llosa o de Mendoza.


    Como se guía con una vara el árbol que se tuerce, la lengua precisa de sus reglas y mecanismos de corrección serios. La dinámica en la que ha entrado el sistema educativo (igualar por abajo), el orgullo hacia el analfabetismo y la incultura, el osado descontrol de la ignorancia, la irresponsabilidad y la frivolidad, la preocupante indiferencia, la victoria de la vagancia y del temor al qué dirán han de ser posturas intolerables para la RAE. García Márquez rogó: «Simplifiquemos la gramática […]. Jubilemos la ortografía». Tildemos, con mis respetos hacia el fallecido Nobel, tales ideas de desaconsejables, pues sólo acarrearían un caos y una anarquía lingüísticas de resultados catastróficos.


Julián Valle Rivas