Ofertas de empleo (y II), por Julián Valle Rivas

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Me había quedado, antes de liarme, yéndome por las ramas, en que no terminaba de comprender todo lo relativo al mercado laboral, siendo paradójico el escenario de las ofertas de empleo, el cual constituye un submundo que cuenta con su gracejo, la verdad.


    Los méritos curriculares pueden transformarse en un peligroso inconveniente instantáneamente; quiero decir que uno se planta ante el encargado de turno (tenga concertada entrevista o no, que esto es otra historia), le presenta el currículo, convencido de sus logros, y resulta que no es el idóneo, sea por exceso o por defecto, sea por estar sobrecualificado o infracualificado. Esto último casi que es compresible, lo anterior, no tanto. Le resuena a uno aquella máxima: quien puede lo más, puede lo menos. Lo importante es poder, entonces, y si se puede hacer cinco, bien se puede hacer dos; pero no, uno merece más que la mierda que ellos le ofrecen.


    Por supuesto, están los méritos curriculares que no sirven para nada. Allá donde se vaya, sin excepciones. Entiéndase, por ejemplo, escribir. Si uno está ducho, más o menos, en eso de darle a la tecla, con cierta soltura, determinación y eficiencia, con aparente dominio de morfología, sintaxis, semántica y demás parafernalia lingüístico-literaria, puede ir ahorrándose papel curricular: es basura innecesaria en un mundo globalizado, comercializado y digitalizado. Importan poco las supuestas publicaciones realizadas, su cantidad y calidad. Escribir sobra con su mínima expresión, en plan de andar por casa, defendiéndose con las cuatro palabras básicas y una estructuración de sujeto, verbo y predicado, simplona, a escala reducida. Otro mérito igualmente inservible es el haber sido opositor (dentro de la rama profesional a aspirar). El haber dedicado años a estudiar la especialidad machaconamente, actualizándose y sacrificando salud y horas, nada de poder genera contra un máster pagado a tocateja, una inversión de miles de euros que le garantiza a uno el puesto, con independencia de los conocimientos adquiridos, si alguno se adquiere; como si el preparar unas oposiciones no requiriera inversión.


    A uno, sepa, no le basta con saber conducir, debe disponer, además, de vehículo propio, que pondrá a disposición de los intereses del empleador y la empresa, ejerciendo su actividad, como empleado, sirviéndose de él sin suplementos que cubran el uso del vehículo o la gasolina necesaria. Un gasto que el empleado ha de satisfacer con su sueldo. Tampoco basta con desenvolverse con la lengua materna, se demostrará el control de uno, dos o tres idiomas extranjeros… a nivel nativo, hasta el incoherente punto de carecer de valor la categoría académica, ofertando empleos para demandantes de FP que se distingan en dos o tres idiomas, a nivel nativo, se insiste («native level», claro); en ocasiones, incluso holandés y flamenco (¿los flamencos no hablan holandés o francés?).


    Después están las ofertas de empleo para España imposibles de descifrar: «call center assistant manager», «client support agent», «forex business developer», «passenger service agent», «trainee traffic management», «help desk analyst», «team leader customer», «brand manager», «bussines developer assistant», «associate director talent and career department», «manager spring finance and legal», «e-payment solutions consultant», «customer care specialist clipping»… Manda cojones, el último es un puñetero especialista en atención al cliente. ¿No se puede utilizar el español?… No, estamos globalizados… Perdón, uno no termina de enterarse.


    Aparecen, no queden atrás, las ofertas de empleo por horas o por servicios, que le permiten a uno, le dicen, la generosidad de poder beneficiarse de otros empleos (¡flexibilidad laboral!). Eso será, responde uno, si encontrara otros dos o tres empleos, que, inevitablemente, deberán ubicarse en la misma ciudad (por el problemilla del desplazamiento) y no desarrollarse en un mutuo horario incompatible, buscándose uno la vida como un indecoroso zascandil o un piadoso mendicante. Luego están las ofertas de empleo con sueldos miserables, con los cuales uno no llega a fin de mes (ni a los diez primeros días); las que aseguran a uno media jornada, pese a trabajarla completa; las que no abonan las horas extras; aquéllas cuya remuneración se materializa con el hecho de tener el trabajo, circunstancia que uno ha de agradecer al empleador, y compartir risas y copas en la comida de Navidad.


    Le recomiendan a uno exprimir el mundo globalizado y sin fronteras, tanteando el amplio mercado interprovincial e internacional, y conocer, así, nuevas gentes. Le recomiendan a uno que emigre (¡movilidad laboral!). Empero uno no dispone del capital para marchar y morar sin garantías, y no le entusiasma expatriarse, ni despegarse demasiado de su familia y amigos, ni conocer nuevas gentes: le gustan las conocidas, y está escaso de vocación proselitista.


    Sin duda, las ofertas más aplaudidas por uno son aquéllas que certifican las altísimas perspectivas de estabilidad en el puesto y de progreso profesional, tras el temporal periodo de prueba, para republicarse (¡casualidad laboral!) al cabo de uno, tres o seis meses… Aunque uno no se preocupa: como no se cansan de repetir los expertos, España va de puta madre.


Julián Valle Rivas