Ofertas de empleo (I), por Julián Valle Rivas

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    He de reconocer públicamente mi ignorancia en torno a todo lo referente al mercado laboral. Es un mundo que no comprendo demasiado bien. Quizá por ello resultan infructuosos mis esfuerzos por encontrar un trabajo decente; por grande que sea el empeño puesto, cualesquiera de las opciones se hacen inútiles.

 

    Porque a ver si termino de enterarme. España va estupendamente, más que bien, mire usted: España va de puta madre. La crisis es historia; se crea empleo a velocidades de vértigo; la prima de riesgo se divisa tan a lo lejos que ha pasado de prima hermana a prima segunda por parte de padre adoptivo; el consumo aumenta; los turistas acuden como moscas a la miel, atraídos por el sol, la paella, la tortilla de patatas, la sangría y la fiesta diaria (la hora deviene indiferente), dispuestos a dejarse con alegría los cuartos que sean necesarios con la condición de dedicar un tiempo a desintoxicarse de sus sosos, grises y fríos países de origen, donde sólo saben trabajar como esclavos y lo más próximo al concepto de diversión es repetir la vuelta de la glorieta por no haber podido abandonarla a la primera (¡ni siquiera te dejan emborracharte a las tres de la madrugada en mitad de la calle, ni dormirla —la borrachera— en la calzada o la acera, ni bailotear al aire libre los ritmos estridentes del pinchadiscos —entre sudores y luces estrambóticas— en plan psicodélico hasta las seis de la mañana, ni disfrutar en la terraza de un bar hasta las dos —es cierto que en su países no existe definición… para «terraza de bar»… o «disfrute»—, ni entrar a un museo en chanclas y bermudas, pinreles y pelotas ventilándose —vale, sus países son tan grises y fríos que, con esa vestimenta, pinreles y pelotas se congelarían—, ni pegar petardazos en la vía pública, ni correr junto a un toro —alancearlo o entorcharlo es de salvajes—, ni liarte a tomatazos a discreción, ni dispararle vino al vecino, ni derrochar agua a manguerazo limpio, ni andar desnudos por viales y callejuelas y avenidas, ni alquilar pisos por días durante todo el año, perjudicando el derecho de residencia del autóctono y del destinado por motivos laborales, ni se celebran ferias por doquier!; ¡pandilla de siesos dirigentes de sus países que no piensa más que en investigación, desarrollo e innovación, al creer que el turismo es un sector transitorio, frágil, eventual, el cual fluctúa en función del contexto geopolítico, social y económico!; ¡trabajar y trabajar!; ¡si hasta aprueban revolucionarios planes de conciliación familiar!); los españoles también pueden ahora (¡por fin!) tomarse unas vacaciones (o unos cuantos); los bancos ganan burradas de beneficios (lo del rescate con dinero público es agua pasada); asimismo, las principales empresas nacionales; ¡y un español lidera por momentos las lista de los muchimillorarios del mundo!… Qué más se puede pedir, joder. Somos la envidia de Europa, los números uno, ¡hemos regresado a la Champions League de la economía mundial! (Las incidencias del independentismo, ¡no exageremos, se reequilibran!). De nuevo se emprenden construcciones, y se retoman las paralizadas. Y, ah, olvídese de una posible segunda burbuja inmobiliaria. Hemos aprendido una barbaridad de la crisis (historia ya, recuerde), y ahora no hay peligro de generarla, pues se conceden menos hipotecas que viviendas se construyen, o se conceden en consonancia. Que ése fue, ¿no lo sabía?, el problema por el cual nos fuimos al carajo hace una década: se concedían más hipotecas que viviendas se construían, y de este modo, normal; ¡que no alcanza, hombre! Deje la economía para los expertos y usted dedíquese a ver el fútbol, que se le da mejor.
    

    España va tan magníficamente bien que no logro hallar la razón por la cual un puñado de seguratas del aeropuerto de Barcelona (español, aún) decide organizar huelgas encubiertas, ahí, montándoselo por su cuenta. Y, encima, en mitad del verano, fastidiando las merecidas vacaciones de los españoles que ahora (¡por fin!) pueden tomárselas (la crisis, historia ya) y de los turistas extranjeros que vienen de sus sosos, grises y fríos países en busca de diversión, luz y sol; o retornan a ellos, michelines llenos y bolsillos vacíos, rosáceos cuales gambas, las baterías recargadas, dispuestos a entregar a sus siesos dirigentes el trabajo que exigen. No sé, tal vez sea por el hecho de ganar, prestando sus servicios en una de las cardinales ciudades europeas (aún), menos de mil euros mensuales, no permitiéndoles tomarse esas merecidas y viajeras vacaciones.
    

    Tampoco la causa de las quejas de los taxistas por un supuesto fraude con los VTC; de los profesionales sanitarios, de prevención y seguridad, por la escasez de medios; de los agentes forestales y medioambientales, con sus sueldos de novecientos euros (o menos) congelados desde 2007, pese a riegos y desplazamientos…
    

    Vaya, esto iba de ofertas de empleo y me he enrollado. Me emplazo a una segunda parte, no es cuestión de desperdiciar palabras.


Julián Valle Rivas