La vida es fútbol, por Julián Valle Rivas

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   No me empacho con el consumo de televisión. Para el formato en abierto, apenas saboreo un ridículo entremés. Ninguno de los múltiples canales de la TDT me ofrece una programación que me satisfaga o entretenga. No sé, quizá sea demasiado exigente o demasiado soso, un aburrido definitivo.

 

    En alguna ocasión, sólo como prueba, he practicado el zapeo, con resultados desesperantes: jamás he superado el canal veinticinco, y me consta que haber más, haylos. Los únicos canales a los cuales me podía acomodar eran los consagrados meramente al cine; sin embargo, de un tiempo a esta parte, tampoco colman mis expectativas. Ni los documentales históricos (materia —la Historia— que me fascina), los cuales consumía antaño con voracidad, donde hogaño no me tropiezo con temas atractivos. Quizá sea que me hago viejo. El caso es que me pregunto si será cosa mía y, siendo o no siendo así, ¿para qué tal cantidad de canales, cuando la oferta deja tanto que desear?

    En la actualidad, mi gasto televisivo, como televisión en abierto, se circunscribe a los informativos, que, como es de recibo, deben abarcar varios canales, pues, consabida la escasa resistencia de los medios de comunicación a abrazar determinadas corrientes ideológicas o políticas —esos matices, en apariencia, insignificantes, livianamente remarcados con el gesto, la voz o la sintaxis del periodista de turno, que a aquellas personas de laxa conciencia crítica tienden a reconducir—, degradando la objetividad, velar por el fomento del espíritu crítico implica ver o escuchar (para la radio) varios informativos, o leer varios periódicos.
 

   En esto de la emisión de informativos, merece trato aparte la sección que el gremio denomina «Deportes». Término que entiendo empleado a modo socarrón o eufemístico, porque no trata materia alguna ajena al fútbol. Y, si ajena, no se le dedica más de un cinco por ciento de los minutos destinados al espacio reservado para la particular sección. Este año, por ejemplo, creí, infeliz de mí, que, llegado el verano, concluidas las temporadas de Liga (no recuerdo a cuál de los grandes bancos pertenecía) y Champions, los encargados de los informativos abrirían un paréntesis vacacional, relegarían el fútbol a un segundo plano y se centrarían en otras disciplinas deportivas y en las competiciones estivales internacionales de natación y atletismo, presentando al espectador un amplio despliegue, una cobertura con reportajes y resúmenes de las pruebas… No pudo ser, ya que, inmediatamente después, comenzó un campeonato futbolístico de la categoría Sub-21, donde jugaba, ni más ni menos, el futuro de la Absoluta, y claro, los medios debían estar a la altura de tan importante acontecimiento… Era una responsabilidad. Terminado el torneo, los esfuerzos periodísticos llevaron a efecto una solemne máxima, vigente los doce meses: el deporte es el fútbol, y todo lo que directa o indirectamente guarde vínculo con el fútbol es, en consecuencia, fútbol: ya un entrenador se rasque, despistado por la tensión de momento, el culo o las pelotas (las de su escroto); ya un asistente entre el público, desde su grada, sostenga con una mano un bocata de chóped, mientras con un dedo de la otra se hurgue la nariz; ya un invitado al palco vip se esté bebiendo un cubata con dos hielos de sobra. A partir de ahí, se multiplicaron las aportaciones esperpénticas con las cuales nos bombardea la sección de «Deportes» diariamente. A saber, eran fútbol las bodas de los futbolistas (con toda la parafernalia de invitados, menús, viajes); eran fútbol las vacaciones de los futbolistas; por supuesto que eran fútbol las fotos subidas por los futbolistas a las redes sociales (informales, con o sin camiseta; solos o rodeados del séquito; con postureo o estilo casual); asimismo, faltaría, los vídeos grabados por ellos haciendo el soplapollas en sus mansiones de lujo o yates, desafinando al son de una canción, disfrazados como imbéciles, jugando a un videojuego, saltando en fiestas exclusivas u homenajeando con un palmeo a un artista en el aniversario de su fallecimiento. También las acciones policiales y judiciales contra el presidente de la Federación (por duplicado, para las secciones judicial y deportiva) y un jugador del Real Madrid, o el culebrón (se va, se queda) con uno del Barcelona.
    

    Sólo la triste muerte de Ángel Nieto postergó al fútbol. En cuanto a los trágicos atentados en Cataluña, las primeras horas lo anularon, por la conexión ininterrumpida. A la mañana siguiente, las secciones de «Deportes», tras otorgar breves segundos a los mensajes de pésame de los deportistas, de manera implícita o explícita, refrescaron la memoria del espectador con el objeto de que no olvidara que aquel fin de semana empezaba una nueva temporada de Liga (de paso, qué equipos se enfrentaban primero), manteniéndolo simultáneamente al tanto de la resaca de la Supercopa de España… Ah, adivine, la vida, como el deporte, es fútbol, y ha de continuar.


Julián Valle Rivas