En serie, por Julián Valle Rivas

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    No sabría precisar con exactitud cuándo se produjo la explosión, si fue en 2004, con House y Perdidos. Lo cierto es que, durante los diecisiete años recorridos de siglo, la televisión ha puesto contra las cuerdas al cine, si no lo ha desbancado ya. Que creo que sí.

 

    Diría que la mecha la pusieron obras como Los Soprano y El ala oeste de la Casa Blanca (loado sea Aaron Sorkin) en 1999 o CSI en 2000, aunque desde 1997 se emitía El abogado; y la prendieron en 2001 otras como Hermanos de sangre, A dos metros bajo tierra, Alias, 24, Scrubs, The Office o, para España, Cuéntame cómo pasó. Aquella explosión, apostaría, tremebunda hecatombe para el séptimo arte, aconteció en 2002, con el inicio de The Wire y The Shield. Buenas series, claro, también de éxito, faltaría, siempre se han emitido en televisión; por no listar demasiado, El Equipo A, El coche fantástico o MacGyver marcaron los años ochenta (como El santo y Misión: Imposible, los sesenta, y Colombo, los setenta); tras la reestructuración del sector (y la consiguiente competencia derivada de la multiplicidad de cadenas), Los vigilantes de la playa, Cosas de casa, El príncipe de Bel-Air, Friends, Twin Peaks, Frasier o Urgencias, los noventa; y, desde 1989, se mantenía en antena la magistral Agatha Christie’s Poirot. En apartado de creación patriótica —donde tampoco se merece el excesivo detenimiento—, los noventa serían propiedad de Farmacia de guardia y Médico de familia.
    

    Tecleaba, como punto de inflexión, el año 2002. The Wire y The Shield supusieron un antes y un después en el concepto de serie de televisión, redefiniéndolo. Fueron híbrido perfecto de la acción, la intriga, lo policíaco y el drama; con rodajes, encuadres, planos, movimientos de cámara, sólo vistos en el cine, hasta entonces; actualizaron las escenas en exteriores; optimizaron y pulieron los guiones, preocupándose por la narración literaria en un sobresaliente desarrollo de la historia; y asumieron que la calidad interpretativa de los actores, fueran conocidos o consagrados o no, debía aspirar a la excelencia. Con tales premisas, propulsaron el listón hacia alturas, quizá previstas, con los antecedentes señalados, si bien difíciles de superar. La respuesta —debía haberla con los jugosos beneficios que proporcionaban— sería inmediata y lógica: mayor inversión económica.
    

    Y los emporios televisivos invirtieron, vaya si invirtieron. Triunfando las brillantes Battlestar Galactica y Galactica: Estrella de combate, aterrizaron en nuestros hogares, cambiando el modo de experimentar la televisión, Perdidos, House, Deadwood, El séquito, Los simuladores, Vientos del agua, Boston Legal, Roma, Me llamo Earl, Colgados en Filadelfia, Prison Break, Dexter, Héroes, Studio 60, Daños y perjuicios, Californication, The Company, Criando malvas, Mad Men, Los Tudor, Fringe, Wallander, House of Saddam, Roma criminal, Hijos de la anarquía, John Adams, Breaking Bad, En terapia, Braquo, La liga fantástica, Borgen, Sherlock, Boardwalk Empire, Downton Abbey, Spartacus (y secuelas y precuelas), The Pacific, Luther, El declive de Patrick Leary, The Walking Dead, ¿Qué fue de Jorge Sanz?, Justified, Black Mirror, Juego de tronos, Crematorio, Boss, Life’s too short, Homeland, The Newsroom, House of Cards, Broadchurch, La caza, The Americans, Ray Donovan, Utopía, Peaky Blinders, Hannibal, True Detective, Fargo, The Knick, Halt and Catch Fire, Silicon Valley, The Affair, Penny Dreadful, Show Me a Hero, Ballers, Narcos, Mr. Robot, Better Call Saul, Daredevil, Jessica Jones, 1992, Billions, The Get Down, American Crime Story, The Night Of, Stranger Things, Westworld, The Crown, Victoria, El infiltrado, Cuatro estaciones en La Habana, Guerra y paz, Preacher, 22.11.63, Angie Tribeca, The Young Pope (loado, asimismo, Paolo Sorrentino)… Sin desear marginar las series animadas, me disculpará que, entre los numerosos títulos (de inmortal emisión, Dragon Ball o Los Simpson), subraye tres japonesas: Ghost in the Shell (adaptación de la película de culto homónima), Death Note y Ataque a los Titanes.  

    En el ínterin, la indiscriminada piratería y una vida tan estresada que nos refugia en la comodidad del hogar, mendigando los exiguos minutos libres, han descabellado el cine. O están en vías de. Los actores, otrora estrellas de firmamento hollywoodiense, invirtiendo el sentido tradicional (nacer y crecer en televisión, engrandecerse y morir en el cine), rezan por un papel protagonista en una serie, donde los salarios se incrementan considerablemente: la televisión paga mucho mejor. En consecuencia, se han ido produciendo, durante este siglo, series en serie, como si de una cadena de montaje se tratara, en continuo esfuerzo contra la paradoja de su individualidad. Estados Unidos, potencia serial mundial, estrenó en 2016, exponencialmente, ciento cincuenta y siete nuevas series: un quince por ciento más que en 2015 y un treinta por ciento más, respecto de 2014; de lo cual resultó una cifra récord de series televisadas en el país ascendente a cuatrocientas cincuenta y cinco.
    

    Cuando en España nos tomemos en serio esto de las series, estaremos legitimados para teclear una lista decente, sin avergonzarnos de poder anotar únicamente un puñadito paradigmático. The Young Pope contaba con un presupuesto de cuatro millones de euros por capítulo… No pretendamos tal desatino, o sea, pero intercedamos por un pudoroso justo medio.


Julián Valle Rivas