La túnica del poeta, por Julián Valle Rivas

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    El día de mi cumpleaños un poeta presentó un libro de relatos. Relatos que, más que relatos, son cuentos… Y ahora, caro lector, usted se preguntará, con discreta cortesía: ¿Dónde estriba la importancia de tal evento, el cual no parece destacar entre las frecuentes presentaciones literarias, cómo para reclamar el protagonismo de un artículo? Y añadirá, con irreprochable sagacidad: ¿Acaso un poeta, como escritor, no puede cultivar géneros disímiles? E indagará, con morbosa curiosidad: ¿Me aplicaré a leer un bellaco artículo, pantomima que sin éxito pretende disipar la gratitud por el regalo a un malévolo cumpleañero?… Buscaré satisfacer sus tres cuestiones en el espacio del que dispongo.

 

     Coronado por el domino del teclado, comenzaré por la segunda para insistir, sin pereza ni saciedad, en que, habiéndoseme negado desde la gestación el favor, cariño y amor de las musas líricas, como escribió aquél (nada menos que Cervantes), estoy más versado en desdichas que en versos. Por ello tiendo, con natural instinto, a elevar a la categoría de proeza toda exploración de un territorio ajeno al don sabiamente conferido por el dios que fuere. Porque Manuel Guerrero, a quien ya he tenido el placer de dedicar varias odas prosísticas, no por amistad, sino por merecimiento, es uno de los mejores poetas de su generación, único al que sigo con puntal estreno. Porque Manuel Guerrero, parafraseando a otro que tal (Marías padre, ahí queda), es versificando. Nadie que admire al poeta se atrevería a retarle (siquiera sugerirle) a una zambullida por el mundo narrativo. Pero Guerrero no es un poeta al uso, él idolatra la lengua española en todas sus formas, y, aunque su mayor talento se imanta a la poesía, gusta de reservar cierto porcentaje de esa propiedad magnética (porcentaje nimio para sus laureles, inalcanzable para los comunes) a otras categorías literarias, para gozo de lectores y gloria de las Letras.
    

    Entonces, y enlazo con su primer interrogante, resistente lector, Manuel Guerrero ha publicado Vieja túnica y otros relatos, reunión de nueve relatos, que, más que relatos, son cuentos, donde el poeta se cubre con la túnica del narrador para ofrecer nueve historias en las cuales la ficción y la vivencia (si es que el escritor puede realmente evitar la inspiración de las vivencias, dirigiéndolas hacia la transformación ficcional) en ocasiones se mixturan y en otras se disgregan con fina evidencia.
 

    Un lector profano, despistado por la imagen que compone la portada de la obra y por los títulos de los cuentos que la integran, sentirá la tentación de atribuirle un carácter devoto al contenido. Sin embargo, no es la devoción, es la tradición, la temática que emplea el poeta, convertido en prosista, como hilo para hilvanar las nueve aportaciones de un género breve que labra con mimo, paciencia y respeto; que solventa con maestría; que publica con fervor folclórico aureolado de apariencia religiosa. Pues Guerrero es un entusiasta, un apasionado de las costumbres, de las creencias, de las doctrinas, de los ritos… que formulan el carácter tradicional y popular de un lugar, puesto que, en su folclore, se encierra su idiosincrasia. Sólo a través del estudio de todo este conjunto transmitido de padres a hijos a lo largo de los años, se puede comprender la identidad cultural de un pueblo. Lo demás es grosera excusa pintada de justificación.
    

     Manuel Guerrero, en esto del folclore, persigue la eminencia con impetuosa deferencia, tanto en su ciudad de nacimiento como de adopción. Así, en Vieja túnica y otros relatos, el autor, sirviéndose del cuento que intitula la obra, nos invita a embadurnarnos en la nostalgia del anciano que ha cumplido, desde su tierna infancia, como hermano de Jesús, alumbrando cada Viernes Santo. En «Una humillación de amor», nos revela las mercedes de los anhelos insatisfechos. «Fuera horquillas» se consagra a sintetizar una biografía y «Vida cofrade», quizá una autobiografía. «Cuatro esquinas» supone un decidido alegato a favor de la amistad inmarcesible. «Olor de Viernes Santo», ímproba veneración hacia la tradición intangible. Cuento ejemplarizante, «Volver a rezar», destinado a los creyentes. Con «Una misma pasión», brinda por la memoria del amigo fallecido. Y al fin alcanza la justicia un hallazgo histórico en «Para el futuro».

     Nueve relatos, que, más que relatos, son cuentos, donde el poeta nos exhibe abierto su arcón ricamente labrado en noble madera, en cuyo interior reposa, intacta como el primer día, junto a la de ensayista, aquella túnica de prosista, con la cual se arropa cuando la tradición por el parágrafo se reivindica sobre la devoción por la estrofa.

     En lo relativo al último interrogante, memorado lector, trágicamente, el espacio se agota. Conecto la opción de tecleado abreviado para declamar que no es mal regalo disfrutar del éxito de un querido amigo, alegría hecha propia, y que Vieja túnica y otros relatos bien vale su peso en euros.


Julián Valle Rivas